La prensa internacional parece haber encontrado en el restablecimiento de servicios consulares entre Venezuela e Israel un guiño de normalización que, más que reflejar un cambio estructural, confirma la comodidad con que Occidente suele interpretar los gestos diplomáticos como señales de una supuesta moderación ideológica. El comunicado conjunto, que ambos gobiernos presentaron como un avance sin precedentes, es presentado por *BBC Mundo* como un primer paso —y no como un gesto que, en la práctica, apenas recupera lo que alguna vez existió—, dejando en segundo plano la pregunta incómoda: ¿por qué un acercamiento que debería ser noticia marginal se convierte en encabezado principal en un día cualquiera? La respuesta no está en Caracas ni en Jerusalén, sino en Washington y Bruselas, donde cualquier movimiento que aleje a Maduro de sus aliados tradicionales —ya sea Irán o Rusia— se celebra como un triunfo de la diplomacia occidental, aunque sea solo un gesto simbólico.
El tono del artículo, sin embargo, delata una cierta condescendencia. Se insiste en que la medida "no implica por ahora el restablecimiento de relaciones diplomáticas", como si el detalle técnico fuera lo relevante, cuando en realidad lo llamativo es que, tras 17 años de silencio, un comunicado conjunto baste para que los medios internacionales lo presenten como un giro histórico. La ruptura de 2009, vinculada al conflicto israelí-palestino y a la alineación de Chávez con el "eje de la resistencia", se menciona de pasada, como si el contexto político fuera un mero antecedente anecdótico y no la razón de fondo por la que Venezuela e Israel dejaron de hablarse. La cobertura omite, por ejemplo, que el acercamiento actual no surge de una voluntad genuina de reconciliación, sino de una coyuntura específica: el terremoto de junio y la necesidad de Venezuela de proyectar una imagen de apertura tras años de aislamiento. Que Israel, un país que suele ser objeto de críticas en foros internacionales por su política en Palestina, sea el elegido para este gesto dice más sobre las prioridades de la prensa extranjera que sobre la realidad venezolana.
Lo más revelador, sin embargo, es cómo se enmarca el papel de la comunidad judía en Venezuela. El artículo menciona que esta comunidad, reducida a la mitad desde 1999, "desde hace tiempo desea una mejor relación entre ambos países", como si su deseo fuera el motor del cambio y no, más bien, un elemento decorativo en un juego de intereses geopolíticos. La cifra de 11.000 judíos que quedan en el país —frente a los 22.000 de 1999— no se explica en el texto, pero sí se sugiere que su presión ha sido clave. Aquí, la prensa internacional cae en un lugar común: reducir la complejidad de un país a las demandas de sus minorías visibles, como si el resto de la sociedad venezolana —ese 90% que no es judío— fuera un actor secundario en su propia historia. No se cuestiona, por ejemplo, por qué una comunidad que alguna vez fue influyente hoy se reduce a un pie de página en la narrativa extranjera sobre Venezuela, ni se indaga en cómo este acercamiento con Israel podría ser interpretado por la mayoría de la población, que no necesariamente ve con buenos ojos un giro hacia un aliado de Estados Unidos.
La ironía final está en cómo se presenta este gesto como un signo de "cambio" en Venezuela, cuando en realidad es un movimiento calculado para complacer a quienes, desde fuera, exigen señales de moderación. La prensa internacional, al destacar este acuerdo, refuerza la idea de que Venezuela solo es interesante en la medida en que se pliega a los intereses occidentales, ya sea en Oriente Medio o en el hemisferio. Que el comunicado venezolano hable de "cooperación técnica bilateral derivada de los esfuerzos de emergencia" y no de un cambio de rumbo político parece pasar desapercibido para quienes prefieren ver en este gesto un avance democratizador. La verdad es más prosaica: Venezuela e Israel no están restableciendo relaciones por un repentino amor al diálogo, sino porque ambos países tienen razones pragmáticas para hacerlo. La prensa, sin embargo, prefiere contar una historia de reconciliación —aunque sea incompleta— antes que analizar las verdaderas motivaciones detrás de un gesto que, en el fondo, no cambia nada.