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🇻🇪 Venezuelamiércoles, 19 de agosto de 2026

La prensa internacional vuelve a enfocar Venezuela a través de un prisma que, aunque no es nuevo, adquiere matices reveladores cuando se cruza con el azar de los calendarios geopolíticos. El caso de Alejandro Betancourt, el empresario venezolano bajo investigación por presuntos desvíos millonarios en PDVSA, no es un episodio aislado de corrupción, sino un síntoma recurrente: la impunidad como moneda de cambio en la reconstrucción de un país que, según las coyunturas, puede ser tanto un paria como un socio estratégico. El *El País* desgrana hoy cómo este hombre —que amasó su fortuna bajo el chavismo y ahora regatea su influencia entre Delcy Rodríguez y sectores del gobierno estadounidense— encarna esa paradoja. No es casual que su regreso a Caracas coincida con un momento en que Venezuela, tras el terremoto y la promesa de un cambio de ciclo, necesita desesperadamente atraer capitales extranjeros. Lo curioso no es que Betancourt sea un personaje controvertido, sino que su presencia en la escena pública se normalice con la misma naturalidad con que se normalizaron, en su día, las conexiones entre el poder y los contratistas de PDVSA.

Lo que la cobertura de hoy subraya —y lo hace con precisión quirúrgica— es cómo la geopolítica estadounidense prioriza intereses coyunturales sobre principios. El testimonio de Mauricio Claver-Carone, el exenviado de Trump, es elocuente: Betancourt no es un intermediario cualquiera, sino un *activo* en manos de Washington, un puente útil para tender líneas entre la administración Rodríguez y sectores del establishment republicano. Que un hombre investigado por blanqueo en España y Suiza sea presentado como un facilitador de confianza dice más sobre la flexibilidad moral de la diplomacia occidental que sobre la solvencia moral de Betancourt. La prensa internacional, al dar voz a esta lógica, no solo legitima su papel, sino que refuerza la idea de que Venezuela es un tablero donde las fichas —incluso las manchadas— se mueven con independencia de su pasado. El detalle de los vuelos con listas de pasajeros manipuladas, o la aparición de Betancourt en dos continentes en el mismo día, son anécdotas que, en otro contexto, podrían ser el germen de un escándalo. Aquí, sin embargo, pasan a ser ruido de fondo en una narrativa más amplia: la de un país que, por obra y gracia de sus aliados circunstanciales, se reintegra al juego global sin rendir cuentas por las deudas pendientes.

Lo que esta cobertura omite, o al menos no problematiza, es el efecto de este guión en la percepción interna. Para el venezolano común, Betancourt no es un misterio: es uno de tantos rostros de una élite que se enriqueció a la sombra del Estado y que ahora regresa con renovados bríos, como si el colapso económico y los terremotos no hubieran dejado secuelas. El *El País* menciona, de pasada, que su fortuna se forjó en el sector petrolero, pero no indaga en cómo esa industria —la misma que hoy promete revivir con su "asesoría"— sigue siendo un pozo negro de irregularidades. Tampoco cuestiona por qué Rodríguez, autoproclamada como la escoba que barrerá los excesos de Maduro, confía en alguien cuya sombra se extiende sobre los mismos delitos que ella dice combatir. La prensa extranjera, al limitarse a describir los movimientos sin analizar sus contradicciones, contribuye a naturalizar una transición que, en el fondo, sigue siendo un reciclaje de viejos actores bajo nuevas etiquetas.

El caso Betancourt es, en suma, un espejo de Venezuela: un país donde la corrupción no es un episodio a superar, sino un sistema operativo que se adapta a los vientos del poder. Que la prensa internacional lo registre con detalle técnico —los vuelos, los nombres, los acuerdos— no lo convierte en un fenómeno excepcional, sino en la prueba de que, en la Venezuela de 2024, lo anormal es la normalidad.

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