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🇨🇱 Chilejueves, 8 de octubre de 2026

La prensa extranjera que hoy mira a Chile tiene un problema de encuadre que no es nuevo, pero que este lunes se vuelve especialmente visible: el país aparece en sus páginas no por lo que discute, sino por lo que proyecta sobre otros. Ariel Dorfman firma en The Guardian una columna que comienza describiendo a un presidente «maligno, monomaníaco, profundamente impopular» y que solo en el cuarto párrafo aclara que está hablando de Pinochet en octubre de 1988. El recurso es deliberado y funciona: el plebiscito que hace casi cuatro décadas puso fin a la dictadura se convierte en espejo y advertencia para las elecciones de medio término estadounidenses. Chile, otra vez, como parábola útil. Como material didáctico para las ansiedades ajenas.

No es un mal artículo. Dorfman estuvo ahí, a la una de la madrugada del 6 de octubre de 1988, frente al palacio presidencial, cuando Fernando Matthei reconoció el triunfo del «no» y desactivó el autogolpe que Pinochet consideraba en ese mismo instante. Ese testimonio tiene un valor que ningún análisis académico reemplaza. Pero conviene leer lo que el texto hace con Chile después de la efeméride. Dorfman sostiene que deshacerse del dictador «salvó a Chile para la democracia, pero no deshizo el vasto daño que le hizo al país». Enumera: el desmantelamiento del Estado de bienestar, reemplazado por un capitalismo salvaje; el miedo y la desconfianza que enfermaron el alma nacional; la sombra que aún se cierne. Y luego, el dato que la prensa extranjera repite con una mezcla de asombro y condena: José Antonio Kast, admirador de Pinochet, es presidente de Chile, y un 56% de votantes estuvo dispuesto a hacer la vista gorda ante su negacionismo. Para Dorfman, esto es motivo de duelo personal: la erosión, quizá el funeral, del sueño que fue Chile.

El diagnóstico es severo y no carece de fundamento. Pero hay algo en la construcción que merece examen. Chile aparece en el texto como un país que fue ejemplar y que ha dejado de serlo, como una promesa incumplida que el autor contempla con nostalgia. Es la mirada del que se fue y vuelve a mirar, y en esa mirada el país real —el que vota, el que migra, el que teme al narcotráfico, el que se endeuda— queda reducido a síntoma de una decadencia moral. Dorfman menciona de pasada las razones que «explican en parte» el triunfo de Kast: una población económicamente angustiada, una plataforma rabiosamente antiinmigrante, promesas de mano dura contra el crimen. Pero las menciona para descartarlas como coartadas. La explicación verdadera, sugiere, es otra: la gente votó por un negacionista. Y eso, más que un análisis, es un juicio.

El contraste con el resto de los titulares del día es instructivo. El País América informa que Michelle Bachelet no descarta una tercera candidatura presidencial: «Yo creo que sí». La noticia es relevante porque sitúa a la expresidenta en el centro del tablero político a dos años de las próximas elecciones, y porque su figura encarna precisamente lo contrario de lo que Dorfman describe: la continuidad institucional, la izquierda que gobernó después de Pinochet y que hoy enfrenta el desafío de reconstruir una mayoría. Pero el medio español la trata como una curiosidad, casi como un rumor de pasillo. No hay análisis del momento político chileno, de la fragmentación de la centroizquierda, de la crisis de representación que explica por qué una figura de hace una década sigue siendo la única carta que la coalición gobernante parece capaz de jugar.

Los otros dos titulares completan el cuadro de lo que la prensa extranjera considera noticiable sobre Chile. Uno es una historia humana: un vendedor de mercado de 80 años que se convirtió en estrella de la música chilena. El otro es una advertencia regional: «Defend our men!», el temor por los derechos de las mujeres en América Latina ante los planes de contrarrestar las leyes de violencia de género. Chile aparece ahí como parte de una tendencia continental, no como caso particular. Y está bien que así sea: la reacción conservadora es un fenómeno regional, y los retrocesos en materia de derechos reproductivos y de género no son exclusividad chilena. Pero una vez más, el país se disuelve en la categoría.

Lo genuinamente nuevo hoy, si se mira con atención, no es un acontecimiento chileno. Es la confirmación de un patrón: Chile interesa a la prensa internacional en la medida en que sirve para ilustrar algo más. Sirve para hablar de Trump, de la fragilidad democrática global, de la reacción antiinmigrante, de la nostalgia de un pasado que se idealiza. Dorfman escribe desde el duelo por un país que conoció y que ya no reconoce. Es una posición legítima, y su testimonio del 88 tiene un valor que no se discute. Pero el Chile de hoy —el que discute si Bachelet vuelve, el que convive con un presidente que admira a Pinochet, el que enfrenta el crimen organizado y la desigualdad sin los amortiguadores que alguna vez tuvo— merece algo más que ser el decorado de una advertencia para Estados Unidos. Merece, al menos, que se lo mire por lo que es y no solo por lo que evoca.

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