Hay días en que la prensa extranjera mira a Nicaragua y no encuentra nada que decir salvo el tiempo. Hoy es uno de esos días. El único titular disponible es meteorológico: la onda tropical 43 cruzará el país entre el sábado 10 y el domingo 11, con lluvias que se intensificarán al avanzar hacia el Pacífico, tormentas eléctricas, rachas de viento de entre 23 y 45 kilómetros por hora en el Pacífico, de 26 a 47 en la región central y de 30 a 49 en el Caribe. Infobae América lo publica con la prolijidad de un parte oficial: acumulados por municipio —Carazo, Rivas y Granada alrededor de 31 milímetros; Managua unos 20; León y el occidente entre 22 y 24—, temperaturas máximas de hasta 36 grados en el Pacífico occidental, mínimas de 21 al amanecer en el centro. El detalle es minucioso y verificable. Nada falta, salvo el país.
No se trata de reprocharle a un medio que informe sobre el clima. El pronóstico es útil, y quien vive en Chinandega o en Matagalpa hará bien en leerlo. Lo que merece un comentario es el efecto de conjunto: cuando la única noticia que el exterior registra de una nación es la trayectoria de una onda tropical, esa nación ha dejado de existir como sujeto político en la conversación global. La ausencia no es neutral. Es un modo de encuadre, y el más silencioso de todos.
El texto, además, tiene un pasaje que conviene leer dos veces. OFENA reporta la presencia de las tormentas tropicales Rachel y Simón en el Pacífico, un sistema de baja presión con cerca del 50 por ciento de probabilidad de desarrollo ciclónico en los próximos siete días y el huracán Isaías, de categoría uno, en el golfo de México. A continuación, la frase que ordena todo: ninguno de esos sistemas representa por ahora una amenaza de impacto directo para Nicaragua. La precisión es encomiable y, a la vez, involuntariamente elocuente. La única información sobre Nicaragua que hoy circula con relieve viene acompañada de la aclaración de que, por suerte, no va a pasar nada. El país aparece en las páginas internacionales bajo la forma de un alivio: la tormenta pasará de largo.
Puede argumentarse que el periodismo no elige la agenda de la realidad, y es cierto. Si no hay más, no hay más. Pero la pregunta pertinente no es qué ocurrió hoy en Nicaragua, sino por qué la mirada extranjera, cuando no hay terremoto ni obispo deportado ni sentencia ejemplar, se repliega hacia el parte meteorológico y hacia ningún otro lugar. En otros países de la región, un fin de semana sin noticias produce análisis, entrevistas, contextos, piezas de color sobre la vida cotidiana. En el caso nicaragüense, el vacío informativo rara vez se llena con algo que no sea clima o catástrofe. Es como si el país solo existiera en dos registros: el desastre natural y el desastre político. Entre ambos, un silencio.
Ese silencio tiene consecuencias. Una nación que solo aparece en el exterior cuando llueve demasiado o cuando encarcela a alguien queda reducida a sus episodios, nunca a su proceso. Se pierde la textura: la economía que se contrae sin titular, la migración que vacía aulas, la prensa local que publica bajo condiciones que el lector extranjero no imagina. El pronóstico de la onda tropical 43 es exacto y, en su exactitud, incompleto. Describe con rigor milimétrico lo que le va a pasar al cielo nicaragüense durante el fin de semana. No dice nada de lo que le está pasando al país. Y esa omisión, repetida día tras día, termina siendo el encuadre más persistente de todos: Nicaragua como un lugar donde solo ocurren cosas cuando el tiempo se descompone o cuando el poder golpea. El resto del tiempo, no ocurre nada que valga la pena contar.