Hay días en que la prensa extranjera no trae noticias de Bolivia sino una tesis sobre Bolivia, y el de hoy es uno de ellos. El País América publica un reportaje titulado «Entre el racismo y la glorificación: así estudia la medicina boliviana al indígena», y lo acompaña de una pieza sobre Carlos Macusaya, a quien presenta como «cazador de paradojas y pachamamadas». No hay en la selección del día ningún otro despacho que trate al país: los demás titulares —el ataque hutí contra Arabia Saudita, el Nobel de Navi Pillay— pertenecen a otras geografías. Bolivia, por tanto, no comparece hoy por lo que sus instituciones hacen o dejan de hacer, sino por lo que sus facultades de medicina escriben sobre el cuerpo indígena. Es un desplazamiento del foco que merece atención, porque cambia el registro del escrutinio: ya no se trata de narcotráfico, fiscales detenidos ni órdenes internacionales desactivadas, sino de la manera en que el saber médico boliviano nombra, clasifica y jerarquiza a la población originaria.
El encuadre es, a la vez, más antiguo y más incómodo. El título del reportaje instala una dicotomía —racismo o glorificación— que funciona como hipótesis de lectura de toda una tradición académica. La prensa española no se limita a describir un hallazgo: propone que la medicina boliviana oscila entre dos gestos igualmente problemáticos, el desprecio y la idealización, y que ambos operan sobre el mismo sujeto, el indígena, sin concederle el estatuto de sujeto clínico ordinario. Es una tesis fuerte, y el hecho de que venga formulada desde Madrid añade una capa de ironía que el lector atento no debería pasar por alto: la antigua metrópoli diagnostica el racismo de la periferia con la autoridad de quien nunca terminó de examinarse a sí misma. No por ello el diagnóstico es falso. Simplemente conviene recordar que el espejo tiene dos caras.
La segunda pieza, la dedicada a Macusaya, refuerza el mismo ángulo por otra vía. Presentarlo como «cazador de paradojas y pachamamadas» es una manera elegante de decir que el pensamiento indígena boliviano se mide por su capacidad de resultar pintoresco o contradictorio a ojos europeos. La palabra «pachamamadas» no es neutra: lleva incorporado un juicio de valor, una sonrisa leve, la sugerencia de que hay un núcleo serio y un envoltorio folclórico. El País no es Infobae ni la BBC, y no se le puede pedir la neutralidad de un teletipo. Pero sí se le puede señalar que, al elegir estos dos artículos, construye un retrato de Bolivia como laboratorio de identidad, como país donde la pregunta por el indígena se dirime en las aulas y en los libros antes que en los tribunales o en los ministerios. Es una Bolivia interesante, sin duda. También es una Bolivia cómoda, que no exige a la audiencia europea posicionarse sobre nada urgente.
Lo genuinamente nuevo, entonces, no es un hecho sino un marco. Durante semanas la mirada externa sobre Bolivia se organizó alrededor del narcotráfico, la justicia capturada y la circulación impune de apellidos conocidos. Hoy se organiza alrededor de la raza y el saber. No es un cambio de tema: es un cambio de cómplice. El lector internacional que ya no encuentra en Bolivia un caso policial encuentra en Bolivia un caso antropológico, y ese desplazamiento le permite mantener la distancia sin perder el interés. La omisión es evidente: en ninguno de los dos textos se menciona la coyuntura política, ni el Gobierno, ni la crisis institucional que otros días ocupan los titulares. La medicina boliviana, según El País, discrimina o glorifica al indígena en abstracto, como si esa discusión no estuviera atravesada por el poder que hoy administra el Estado. Esa desconexión entre el aula y el país es, quizá, el dato más elocuente del día.
No hay que dramatizar. Es legítimo que la prensa extranjera dedique espacio a la historia intelectual y a la salud pública de un país sin subordinarlas a su actualidad inmediata. Pero el editorialista tiene la obligación de nombrar el gesto: cuando Bolivia desaparece de los titulares duros y reaparece en los culturales, no siempre es porque haya dejado de pasar nada. A veces es porque el marco anterior se agotó y el nuevo todavía no incomoda a nadie. Hoy Bolivia es, para El País, un país que discute sobre el indígena. Mañana, probablemente, volverá a ser un país que detiene fiscales. Ambas cosas son ciertas. Solo una de ellas vende suscripciones sin remordimiento.