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🇩🇴 República Dominicanamartes, 13 de octubre de 2026

La noticia que la prensa extranjera elige hoy para mirar a República Dominicana tiene la forma de una paradoja institucional: una diputada esposada en una fiesta, y un Estado que se apresura a investigarse a sí mismo. Infobae América la cuenta con el detalle que el caso permite: Millys Johanna Martínez Morillo, legisladora por Elías Piña, terminó con las manos atadas durante una intervención policial en una estación de combustibles donde se celebraba una fiesta con música y venta de alcohol, y donde, según el diario dominicano Hoy, el establecimiento no contaba con los permisos correspondientes. El director de la Policía, mayor general Ernesto Rodríguez García, envió al inspector general, general Martín Tapia Sánchez, a reconstruir lo sucedido. El vocero policial, Diego Pesqueira, declaró a Listín Diario que la diputada no fue arrestada y que todavía se investiga quién le colocó las esposas. Es una frase notable: en un operativo con agentes identificables, la institución no sabe aún quién esposó a una legisladora.

El encuadre extranjero, sin embargo, no es el del escándalo policial. Es el del choque entre una intervención de rutina y una protección constitucional que existe precisamente para que episodios así no ocurran. Infobae reproduce el artículo 86: ningún senador o diputado puede ser privado de su libertad durante una legislatura sin autorización de su cámara, salvo detención en el momento de cometer un crimen. El artículo 87 aclara que no se trata de un privilegio personal sino de una prerrogativa del órgano legislativo. La excepción es la flagrancia, y el presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, recordó que solo procede ante un delito flagrante. Eugenio Cedeño Areche, diputado del Partido Revolucionario Moderno por La Romana, dijo que en cinco períodos nunca había presenciado algo semejante y propuso una comisión bicameral. Pesqueira prometió que, si se comprueban excesos, los agentes serán sometidos a la jurisdicción correspondiente.

Lo que la mirada de afuera subraya, entonces, no es la fiesta ni los permisos ni la música. Es la pregunta sobre si el Estado dominicano puede aplicar la ley a todos por igual sin arrollar las garantías que él mismo se dio. Es un ángulo incómodo y, a la vez, extrañamente halagüeño: el país aparece como una democracia cuyas instituciones reaccionan, se investigan y se corrigen. La prensa extranjera no está denunciando un abuso impune; está narrando un mecanismo de control en marcha. Ese es el matiz nuevo del día, y conviene no confundirlo con una absolución. La reconstrucción de los hechos está en curso, y la versión definitiva no existe todavía.

Lo que el encuadre omite también importa. No hay contexto sobre la frecuencia con que operativos policiales terminan en excesos contra ciudadanos sin fuero constitucional, ni sobre si la celeridad de la investigación responde a la investidura de la afectada o a un protocolo ordinario. La noticia, tal como llega, aísla el caso: una diputada, un par de esposas, un general enviado a la provincia. El resto del país queda fuera del cuadro. Esa es la distorsión de siempre: la prensa extranjera cubre a República Dominicana cuando el episodio tiene un gancho institucional claro, y lo cubre con precisión, pero sin preguntarse cuántos ciudadanos comunes atraviesan situaciones análogas sin que un inspector general cruce el país para investigarlo. El fuero legislativo, que la Constitución define como prerrogativa de la cámara y no privilegio personal, funciona en la práctica como la razón por la que este caso se vuelve noticia. Es un dato que el artículo 87 explica con claridad y que el encuadre extranjero, al reproducirlo, deja flotando sin desarrollarlo.

El saldo del día es modesto pero real. República Dominicana aparece en los titulares internacionales por un incidente que sus propias instituciones están tramitando conforme a derecho, con un Congreso que invoca la Constitución y una Policía que promete sanciones si hubo excesos. No es la imagen de un país en crisis; es la de un país que se toma en serio sus normas, o al menos que quiere que se le vea tomándoselas en serio. La distancia entre una cosa y la otra es la misma que separa a una diputada esposada de un ciudadano cualquiera: la que el fuero establece y que, por ahora, nadie ha explicado del todo.

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