La prensa internacional retrata hoy a Colombia en un estado de turbulencia política donde confluyen tres narrativas que revelan tanto la realidad del país como los sesgos de quien la observa desde afuera.
La primera narrativa es la más potente: la irrupción de un candidato de extrema derecha que encarna una tendencia global. Los medios internacionales enmarcan a Abelardo De la Espriella como la manifestación latinoamericana del trumpismo, un fenómeno que trasciende fronteras y que, en el caso colombiano, adquiere una dimensión peculiar por tratarse de un ciudadano estadounidense. Este encuadre convierte la política doméstica colombiana en un capítulo más de una historia que los lectores de Nueva York o París ya conocen: el avance de la derecha populista. Lo que se gana en contexto global se pierde en especificidad local. La pregunta que The New York Times plantea sobre la elegibilidad de De la Espriella es técnica, pero el verdadero interés de los medios extranjeros parece ser confirmar que incluso Colombia sucumbe ante la ola trumpista.
La segunda narrativa es la respuesta del presidente Petro, quien acusa a Estados Unidos de respaldar a un narcotraficante. Aquí la cobertura internacional se divide entre quienes ven una crítica legítima y quienes la interpretan como un ataque populista. France 24 reproduce la acusación sin filtro, mientras que el énfasis en que De la Espriella es ciudadano estadounidense subraya una paradoja incómoda: un extranjero financiado por fuerzas externas aspirando a gobernar. Pero la prensa internacional no profundiza en las pruebas ni en el contexto de esas acusaciones. Simplemente las reporta como parte del drama político.
La tercera narrativa es más sutil pero reveladora. La condena del hermano de Álvaro Uribe por liderar un grupo paramilitar, ratificada por la Suprema Corte, aparece en los titulares como un hecho aislado. Sin embargo, sugiere algo que la cobertura extranjera apenas toca: la persistencia de estructuras paramilitares en la política colombiana y la fragilidad de las instituciones para lidiar con ellas. Es un hilo que conectaría el pasado violento de Colombia con sus presentes convulsionados, pero los medios internacionales no lo tejen.
Luego están los detalles que humanizaban a Colombia antes de que se volviera un tablero de ajedrez ideológico. La camiseta amarilla del Mundial, símbolo de unidad nacional, convertida en declaración política. El litigio de Telefónica contra el Estado colombiano llevado a tribunales estadounidenses, que sugiere cómo los conflictos internos se externalizan y pierden soberanía.
Lo que emerge de esta cobertura es una Colombia vista como arena de fuerzas globales más que como nación con sus propias dinámicas. El candidato trumpista, el presidente que acusa a Estados Unidos, los paramilitares del pasado, las corporaciones multinacionales litigando en cortes extranjeras: todos son personajes en una trama que la prensa internacional ya cree conocer. La tensión política crece, según France 24, pero el análisis de por qué crece permanece esquivo en los titulares. Se reporta la enfermedad sin diagnosticar la causa.
Lo que se omite es tan importante como lo que se subraya. La cobertura no pregunta qué hace que un candidato de extrema derecha sea viable en Colombia, más allá de la ola global. No explora por qué Petro, un presidente de izquierda que llegó con promesas de cambio, enfrenta ya una oposición tan feroz. No examina si las acusaciones sobre narcotráfico tienen sustancia o son retórica. No analiza qué significa que una empresa española lleve al Estado colombiano a cortes estadounidenses.
En resumen, la prensa internacional ve a Colombia como un espejo donde se refleja el mundo, no como un país con su propia complejidad. Eso es útil para los lectores globales que buscan confirmar tendencias. Pero para entender a Colombia, es insuficiente.