La prensa internacional que cubre Perú en vísperas de un balotaje presidencial ha identificado un patrón que, aunque predecible, revela algo importante sobre cómo se lee desde afuera la política peruana: la campaña se reduce a dos fuerzas polarizadas, casi míticas, enfrentadas en torno a fantasmas del pasado y promesas de orden futuro.
El País América subraya el resurgimiento del antifujimorismo en el sur del país, como si la geografía política peruana obedeciera a ciclos de memoria colectiva que se despiertan en momentos de tensión. Simultáneamente, presenta a Keiko Fujimori como una figura de permanencia, la mujer que "siempre estuvo ahí", un retrato que la convierte menos en candidata que en símbolo de continuidad política, para bien o para mal según el lector. La cobertura internacional tiende a ver en Fujimori no tanto una propuesta como una presencia, una constante en el tablero peruano que reaparece cuando se necesita un ancla de estabilidad.
Roberto Sánchez, por su parte, es enmarcado por la prensa extranjera como el heredero de Pedro Castillo, como si la izquierda peruana fuera una corona que pasa de mano en mano en lugar de un conjunto de ideas que compiten. Esta narrativa simplifica: convierte a Sánchez en un sucesor más que en un candidato con propuesta propia, lo que tanto lo dignifica como lo subordina a la sombra de su antecesor.
Lo que emerge de esta cobertura es un Perú visto desde lejos como un país atrapado en un duelo binario donde la seguridad ciudadana aparece como la preocupación central de los electores, según France 24, pero donde la campaña misma parece girar alrededor de narrativas históricas y personalismos. La BBC Mundo, en su pregunta sobre quiénes son estos candidatos y qué decidirá la carrera, reconoce implícitamente que el Perú que se ve desde el extranjero es un país "inestable", una palabra que resume la perplejidad internacional ante una democracia que parece condenada a ciclos de crisis.
Lo que la cobertura internacional apenas toca es si existe algo más allá de estas dos opciones, o si el sistema político peruano ha llegado a un punto donde solo la polarización es legible desde afuera. El silencio sobre alternativas, sobre actores secundarios o sobre propuestas concretas de gobierno, sugiere que la prensa extranjera ha aceptado la lógica del balotaje como inevitable, como la única forma en que Perú sabe resolver sus conflictos. Eso puede ser exacto, pero también puede ser una distorsión que refuerza lo que describe.