Inicio/Opiniones · Colombia
En vivo
🇨🇴 Colombiamiércoles, 10 de junio de 2026

La justicia colombiana ha tomado una decisión que, vista desde el extranjero, parece casi teatral en su precisión: prohibir a un candidato presidencial el uso de símbolos patrios. El País América reporta el hecho con la sobriedad que merece, pero la decisión misma abre una pregunta que la prensa internacional rara vez se formula con claridad: qué dice sobre Colombia que una corte deba intervenir para establecer quién puede o no invocar la bandera, el escudo, la patria.

El encuadre que circula en el extranjero tiende a leer esto de dos maneras simultáneas, y ambas revelan algo sobre cómo se ve al país desde afuera. La primera es la del Estado de derecho funcionando: una magistratura que actúa, un sistema legal que pone límites, una democracia que se defiende a sí misma mediante instituciones. Esa lectura es tranquilizadora. La segunda, más incómoda, es la de una política tan polarizada que los símbolos mismos de la nación se han convertido en territorio disputado, en arma de campaña, en objeto de litigio. Y esa lectura sugiere algo menos tranquilizador: que cuando la justicia debe prohibir el patriotismo, algo ha fallado antes en la conversación política.

Lo que la prensa extranjera probablemente no dirá es que esta prohibición, al mismo tiempo que afirma la autoridad judicial, también la expone. Un tribunal que prohíbe el uso de la bandera corre el riesgo de parecer, a los ojos de quien observa desde lejos, como si estuviera tomando partido en una contienda electoral. El hecho de que Abelardo de la Espriella sea un candidato de derecha, y de que la tutela haya sido interpuesta por un abogado (no por una institución electoral), añade una capa de ambigüedad que el reportaje internacional tiende a simplificar.

Colombia aparece hoy en el espejo extranjero como un país donde las instituciones están vivas y actúan, pero también donde la política se ha vuelto tan tóxica que incluso los símbolos compartidos se han convertido en objeto de litigio. Eso no es una historia de colapso, pero tampoco es una historia de salud democrática robusta. Es una historia de una democracia que se defiende a sí misma mediante decisiones judiciales cada vez más intervencionistas, lo que plantea una pregunta incómoda: hasta dónde puede llegar esa defensa antes de que la medicina se vuelva más grave que la enfermedad.

Compartir