La prensa internacional que hoy sigue el recuento en Perú se enfrenta a una paradoja incómoda: los números son claros, pero la incertidumbre que los rodea es tan profunda que casi los vuelve irrelevantes. Con el 96% de las actas escrutadas y apenas veinte mil votos de diferencia entre Roberto Sánchez y Keiko Fujimori, la BBC Mundo reporta una ventaja que existe pero que, según sus propios analistas, podría revertirse en las fases finales del conteo, particularmente cuando se contabilice el sufragio en el extranjero. Este detalle revela algo que la cobertura internacional ha estado evitando nombrar directamente: en Perú, incluso cuando hay un ganador provisional, no hay certeza real.
Lo que distingue el encuadre de hoy es que la prensa extranjera comienza a aceptar que el problema no es solo la cercanía del resultado sino la arquitectura misma del proceso. El anuncio del Jurado Nacional de Elecciones de que los resultados finales no se conocerán hasta mediados de julio —poco antes de la transferencia del mando— no se presenta como un dato administrativo más, sino como la confirmación de que Perú está viviendo una elección en cámara lenta, sometida a un nuevo protocolo de recuento en casos de mesas impugnadas que, aunque técnicamente justificable tras los problemas de la primera vuelta, genera una zona gris donde la política puede fermentarse durante semanas.
La BBC también subraya algo que merece atención: ambos candidatos han adoptado un lenguaje de respeto institucional que suena ensayado. Sánchez invoca la "voluntad del pueblo" desde la plaza San Martín mientras acusa a un "pacto mafioso"; Fujimori pide que se "cuente cada una de las actas" y solicita vigilancia internacional. Estos son los gestos de candidatos que saben que el margen es tan delgado que cualquier cuestionamiento posterior podría deslegitimar al ganador. La prensa extranjera capta esto, pero sin subrayarlo demasiado: el miedo al fraude o a su acusación es tan visible como los propios votos.
Lo que permanece ausente en este relato es la pregunta sobre qué sucede después del 15 de julio, cuando finalmente se anuncie un presidente. Ni Sánchez ni Fujimori gobernará con un mandato claro. Uno llevará la sospecha de que el recuento lo favoreció; el otro, la de que fue robado. La cobertura internacional ha estado tan enfocada en la polarización ideológica —derechista versus izquierdista, libre mercado versus intervención estatal— que ha dejado de lado la realidad más perturbadora: Perú está a punto de elegir un presidente que, cualquiera que sea, iniciará su mandato sin legitimidad suficiente para gobernar un país donde la inseguridad, la extorsión y la desconfianza institucional son ya epidémicas.