La prensa internacional descubre hoy a Puerto Rico nuevamente a través de una artista en gira por Europa, y el patrón es tan persistente que ya resulta casi invisible. El País América publica una entrevista con Raquel Berríos de Buscabulla realizada en Barcelona durante el Primavera Sound, donde la cantante articula una inquietud que toca el nervio de la transformación contemporánea de la isla: la llegada masiva de teletrabajadores acomodados tras la pandemia y su apetito por convertir los espacios puertorriqueños en paraísos privatizados.
Lo notable no es que el problema exista —la gentrificación acelerada en Puerto Rico es un fenómeno documentado y real— sino cómo la prensa extranjera elige procesarlo. Berríos formula la cuestión con una claridad que merece atención: "La pospandemia nos jodió: ahora los ricos teletrabajan y quieren nuestros paraísos". Es una observación que encapsula tanto la vulnerabilidad económica de la isla como la lógica depredadora del capitalismo digital, donde la geografía se convierte en amenidad descartable para quienes pueden trabajar desde cualquier lugar.
Pero aquí está el verdadero encuadre: El País no entrevista a Berríos en Puerto Rico. La entrevista ocurre en una terraza en el Raval de Barcelona, días antes de su concierto en un festival español. La isla está presente únicamente como tema de conversación, como preocupación expresada por una artista que ha tenido que viajar a Europa para que los medios internacionales la escuchen. Puerto Rico, una vez más, no es sujeto sino objeto de reflexión, y solo accede a la cobertura global cuando uno de sus ciudadanos lo menciona desde el extranjero.
Hay una ironía que la prensa internacional no parece notar: mientras Berríos habla sobre cómo los ricos buscan conquistar paraísos puertorriqueños, ella misma está en una gira europea de un festival de música que funciona exactamente con la lógica que critica. El circuito internacional de festivales, la movilidad de artistas, la conversión de espacios locales en experiencias globales. No es una contradicción que invalide su argumento, pero sí revela cuán profunda es la lógica que describe.
Lo que falta en este encuadre es cualquier voz puertorriqueña que no sea la de una artista en tránsito. No hay economistas, activistas locales, funcionarios públicos, residentes desplazados hablando desde la isla. La gentrificación de Puerto Rico se convierte en un tema digno de cobertura solo cuando es articulado por alguien con suficiente capital cultural para ser entrevistado en Barcelona. La prensa extranjera sigue operando con la premisa de que Puerto Rico es interesante principalmente cuando lo explican sus ciudadanos más visibles, y preferiblemente desde lejos.