La prensa internacional descubre hoy en Panamá algo que podría parecer trivial si no fuera sintomático: un país donde los números mejoran mientras la narrativa global permanece atrapada en crisis. Infobae América reporta que la morosidad crediticia panameña desciende sostenidamente, que los consumidores pagan sus deudas con mayor responsabilidad, que el sistema financiero crece sin deteriorarse. Son datos concretos, verificables, que hablan de una población ejerciendo disciplina económica en medio de incertidumbres políticas y geopolíticas.
Pero el silencio de la prensa extranjera frente a estas cifras es más elocuente que cualquier titular. Mientras los organismos de crédito locales constatan que la mora bancaria cayó de 5.2% a 4.1% en un año, mientras las hipotecas se mantienen controladas y los préstamos personales se reducen dramáticamente de 4.8% a 2.9%, el relato internacional sobre Panamá continúa orquestado alrededor de conflictos institucionales, tensiones geopolíticas y cuestionamientos sobre la soberanía. No hay espacio en ese encuadre para una historia de estabilidad crediticia o responsabilidad fiscal de la población.
El fenómeno es instructivo porque revela cómo opera la selección de narrativas en la cobertura internacional. Panamá es interesante para la prensa extranjera cuando encarna un dilema de poder, una pugna entre actores mayores, una demostración de vulnerabilidad institucional. Panamá es invisible cuando simplemente funciona. Un país donde 2.4 millones de personas mantienen referencias activas de crédito, donde el saldo total alcanza 41,755 millones de dólares con crecimiento controlado del 2.3%, donde las cooperativas registran morosidad de 7.3% y los bancos de 4.1%, es un país cuya realidad cotidiana no cabe en el esquema narrativo que la prensa global ha construido.
Esto no significa que los datos sean falsos o que Panamá esté en mejor situación de lo que reportan otros medios. Significa que existe una brecha entre lo que el país experimenta internamente —una población que paga sus cuentas, un sistema financiero que mantiene estándares de riesgo— y lo que el mundo ve: un territorio donde las decisiones importantes se toman en función de presiones externas. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente. Pero la prensa extranjera ha optado por enfatizar una sola.
El encuadre es parcial no porque mienta, sino porque elige qué contar. Y al elegir, construye una imagen de Panamá como un país fundamentalmente inestable, cuando los indicadores de comportamiento crediticio sugieren algo más matizado: una población que, a pesar de la incertidumbre política, mantiene sus compromisos financieros. Eso no es una historia de fortaleza nacional ni de resolución de conflictos. Es apenas el retrato de gente ordinaria siendo responsable. Pero es precisamente lo que la narrativa internacional tiende a omitir.