La prensa extranjera vuelve hoy a El Salvador, pero no con la seguridad ciudadana como protagonista de su narrativa. Infobae América publica cifras crudas de siniestralidad vial: 10,636 accidentes en los primeros seis meses de 2026, 674 muertos, 7,248 lesionados. Los números son alarmantes y el incremento respecto a 2025 es innegable. Sin embargo, el encuadre que elige el medio internacional merece atención, porque revela algo sobre cómo se lee El Salvador desde afuera en este momento.
El titular es epidemiológico, casi administrativo. Se trata de datos del Observatorio Nacional de Seguridad Vial, desglosados con precisión: distracción del conductor como causa principal, viernes como día pico, San Salvador como departamento más afectado, motociclistas como usuarios más vulnerables. Es periodismo de datos, meticuloso, sin dramatismo. Y en esa elección de tono reside la primera observación: la prensa extranjera está reporteando El Salvador como un país que produce estadísticas, que cuenta sus muertos, que tiene instituciones capaces de clasificar sus propios desastres.
Esto contrasta con la manera en que se cubría la seguridad salvadoreña hace apenas unos años. Entonces el encuadre era de colapso institucional, de violencia sistémica, de Estado ausente. Hoy, cuando los números de tránsito son objetivamente peores, el tono es el de un problema técnico gestionable. Infobae detalla las causas conductuales, los patrones geográficos, las poblaciones vulnerables. No hay aquí la sensación de caída libre que caracterizaba las narrativas anteriores.
Pero hay una omisión reveladora. El artículo no contextualiza estos 674 muertos en seis meses dentro de la trayectoria de violencia del país. No pregunta si estas cifras de mortalidad vial representan un cambio en la composición de la morbilidad salvadoreña, si son síntoma de algo más amplio. Simplemente las presenta como un fenómeno de tránsito, divorciado de cualquier reflexión sobre seguridad pública en sentido más amplio. Es como si la prensa internacional hubiera decidido compartimentalizar: homicidios por un lado, accidentes viales por otro. Cada uno en su categoría, cada uno con su estadística.
El dato más inquietante del informe es el aumento del 31 por ciento en accidentes de motocicleta, con una mortalidad que subió 43 por ciento. Las motocicletas son el transporte de los sectores populares, de quienes no pueden acceder a automóviles. Pero Infobea no desarrolla esta dimensión de clase. Simplemente anota que los motociclistas son el grupo más afectado y pasa al siguiente párrafo.
Hay también una cierta ironía en la precisión de los datos. El Observatorio Nacional de Seguridad Vial produce información desagregada por tipo de siniestro, por causa, por día de la semana, por departamento, por grupo etario. Es un aparato estadístico sofisticado. La prensa extranjera lo reportea con respeto a esa sofisticación. Pero no pregunta qué se hace con esa información, si existe una política pública coherente basada en estos diagnósticos, si el hecho de contar tan bien los muertos implica que alguien está previniendo que haya más.
El Salvador aparece hoy en la prensa internacional como un país que documenta su propia tragedia con competencia técnica. No es un mal síntoma. Pero tampoco es suficiente. Y la prensa extranjera, al reportear estos números sin interrogarlos más profundamente, está colaborando en una cierta domesticación de la catástrofe: convertirla en un problema de gestión, en una estadística que se puede leer, clasificar y archivar, en lugar de una pregunta sobre qué está fallando en el tejido básico de la convivencia.