La prensa internacional ha encontrado una fórmula que funciona: Puerto Rico existe en el relato extranjero cuando un puertorriqueño triunfa lejos de casa. El País América lo confirma una vez más con su cobertura del último concierto de Bad Bunny en Madrid, donde la isla aparece de manera tangencial, casi como una mención geográfica en el pasaporte del artista, no como un territorio con sus propias dinámicas.
Lo que resulta particularmente revelador es cómo el medio español enmarca el fenómeno. No se trata de una reflexión sobre qué significa que un artista originario de Puerto Rico movilice 640.000 personas en una decena de noches, ni de preguntarse qué condiciones en la isla permitieron la emergencia de este fenómeno cultural. Tampoco hay espacio para interrogar las ausencias: la precariedad económica que hace que una asistente como Sofía, de veinticinco años, acuda a cuatro conciertos pese a no tener dinero, o qué ocurre en San Juan mientras Madrid celebra al hijo más exitoso de la isla.
En su lugar, El País América ofrece lo que podría llamarse periodismo de atmósfera: las filas, el sombrero de paja puertorriqueño convertido en accesorio de moda madrileña, la vendedora sevillana asombrada por la demanda de banderas, dos horas y cincuenta minutos de espectáculo, treinta y cuatro canciones. Es el relato del evento como experiencia consumible, donde Puerto Rico funciona como marca cultural exportada, no como realidad política o social que merezca examen.
La comparación con los Rolling Stones en 1982 en el Calderón añade una capa más de distancia: sitúa a Bad Bunny en la genealogía del rock anglosajón, neutralizando cualquier especificidad puertorriqueña. Se trata de un artista de clase mundial, punto. La isla desaparece en el mismo movimiento en que se celebra su producto.
Lo que la prensa extranjera sigue sin ver, o deliberadamente no quiere ver, es que cada concierto de Bad Bunny en Europa es también un síntoma de lo que ocurre en Puerto Rico: un territorio cuya capacidad generativa de cultura es inversamente proporcional a su capacidad de retener y sostener a quienes la crean. La isla exporta talento y recibe turismo. Es un modelo que funciona perfectamente para el relato internacional, que puede celebrar sin complicarse con preguntas incómodas sobre colonialismo, deuda, fuga de cerebros o transformación demográfica.
El País América no miente. Simplemente elige qué ver y qué dejar en la sombra. Y esa elección, repetida día tras día, es el verdadero encuadre.