La prensa internacional que hoy se detiene en Costa Rica lo hace desde un ángulo que invierte deliberadamente la narrativa de crisis institucional que ha dominado el encuadre extranjero en los últimos meses. Infobae América, al reportar los 115 incendios forestales y las 10,269 hectáreas afectadas en la temporada 2026, no está simplemente documentando un desastre ambiental estacional. Está construyendo un relato donde la vulnerabilidad ecológica del país emerge como el problema central, desplazando momentáneamente la obsesión por la corrupción, la violencia y la debilidad institucional que ha caracterizado la mirada extranjera reciente.
El cambio de foco es significativo. Durante meses, la prensa internacional ha presentado a Costa Rica como un territorio donde las instituciones formales coexisten con redes criminales, donde los alcaldes son detenidos por narcotráfico y donde la coordinación entre poderes es noticia precisamente porque debería ser rutinaria. Hoy, el énfasis se desplaza hacia un enemigo más difuso: el fuego, la sequía, el cambio climático, las conductas humanas negligentes. Es un giro que, paradójicamente, permite a Costa Rica recuperar cierta legitimidad institucional. El MINAE, el SINAC, el Instituto Meteorológico Nacional aparecen aquí como actores que funcionan, que coordinan, que advierten, que previenen. Las autoridades tienen voz, tienen datos, tienen un plan.
Sin embargo, el encuadre contiene una ironía que la prensa extranjera no explicita. Los incendios forestales en Costa Rica no son una novedad climática sino una manifestación recurrente de un patrón conocido: la vulnerabilidad de ecosistemas que han sido históricamente presionados por la expansión agrícola, ganadera y urbana. Que el 83 por ciento de las hectáreas quemadas se concentren en Guanacaste y Tempisque no es casualidad meteorológica sino geografía de la negligencia acumulada. Que la mayoría de los incendios tengan origen humano, como subraya Óscar Mora del SINAC, es una forma de decir que el problema no es la naturaleza sino cómo se relacionan los costarricenses con ella.
Lo que Infobae América no examina es si existe una conexión entre la debilidad institucional que ha documentado en sus reportajes anteriores y la incapacidad de prevenir incendios que, según las propias autoridades, son evitables. Si los mismos aparatos que no contienen el narcotráfico municipal pueden contener el fuego agrícola es una pregunta que la prensa extranjera no formula. Tampoco pregunta por qué, en un país que se promociona globalmente como líder ambiental, la temporada de incendios sigue siendo crítica año tras año.
El tono del reportaje es de urgencia coordinada: alertas tempranas, monitoreo, llamados a la prevención, denuncias a través del 911. Es el lenguaje de una institución que funciona. Pero ese mismo lenguaje, repetido año tras año sin que la cifra de incendios disminuya significativamente, sugiere que la coordinación no es suficiente. Que la prevención no previene. Que el llamado a la colaboración ciudadana es, en realidad, un reconocimiento de que el Estado no puede contener el problema sin la obediencia de una población que sigue quemando, sigue siendo negligente, sigue ignorando las normas.
La prensa internacional, al cubrir este desastre ambiental como un problema técnico y de conducta ciudadana, evita preguntar por las causas estructurales. No interroga las políticas de uso de suelo que permitieron la expansión ganadera en zonas de riesgo. No examina si existen incentivos perversos que hacen que las quemas agrícolas sigan siendo práctica común. No cuestiona si la institucionalidad ambiental tiene los recursos y la autoridad para imponer sanciones reales a quienes provocan incendios.
Lo que emerge, entonces, es un encuadre donde Costa Rica aparece como víctima de su propia geografía y de la irresponsabilidad de sus ciudadanos, no como país donde decisiones políticas históricas han creado las condiciones para que cada sequía sea una catástrofe. Es un giro reconfortante para las autoridades costarricenses, que pueden presentarse como gestoras competentes de una crisis natural. Pero es también un encuadre que oculta lo que la prensa extranjera, en otros contextos, sabe bien: que los desastres ambientales no son actos de Dios sino resultados de elecciones humanas que pueden rastrearse, cuestionarse y, potencialmente, revertirse.