La prensa internacional que hoy observa a Colombia a través de Infobae América ha elegido un encuadre que merece atención: la polarización no como síntoma de crisis, sino como herencia estructural. El analista Walter Flores, en una entrevista que domina la cobertura, propone una lectura histórica que desplaza el eje del debate desde la responsabilidad presente hacia una explicación genealógica. Colombia está polarizada, dice, porque el petrismo consolidó un voto progresista que antes no existía como bloque electoral competitivo. La polarización, en esta narrativa, es el precio de la competencia democrática moderna, no una patología.
Lo que llama la atención es cómo esta perspectiva internacional despolitiza la polarización al mismo tiempo que la normaliza. Si la divide izquierda-derecha es una "novedad en el país de la última década", como afirma Flores, entonces Colombia no está viviendo una crisis de convivencia sino una transición inevitable hacia un sistema bipartidista que otras democracias latinoamericanas ya conocen. El mensaje implícito es tranquilizador: esto es evolución, no colapso. Y en esa tranquilidad hay un sesgo que la prensa extranjera no examina: la asunción de que la polarización electoral es un fenómeno neutral, casi técnico, cuando en realidad es el reflejo de profundas fracturas sociales sobre cómo debe organizarse el país.
El segundo movimiento del análisis es más revelador aún. Flores advierte que "la composición del voto entre Gustavo Petro e Iván Cepeda es prácticamente la misma", y que lo mismo ocurre en la derecha entre 2022 y 2026. Esto se presenta como un dato tranquilizador: la polarización es estable, predecible, casi congelada. Pero hay una omisión significativa en cómo la prensa extranjera interpreta este dato. Si los bloques electorales son prácticamente idénticos, ¿qué cambió? ¿Por qué la segunda vuelta arroja resultados distintos? La respuesta que Flores ofrece—que hay tres millones de votantes en juego, 400.000 votos en blanco, y una estrategia de movilización de sectores bajos—es importante, pero la prensa internacional la trata como una cuestión técnica de participación, no como una cuestión política sobre quién tiene acceso al voto y quién logra movilizarlo.
Aquí emerge el verdadero sesgo del encuadre extranjero: la presentación de los "sectores bajos y medios bajos" como un voto que necesita ser "estimulado" para participar, mientras que los sectores "de clase media, media alta y alta" que apoyan a De la Espriella aparecen naturalmente como participantes. La diferencia de participación entre clases no es un accidente electoral, es un reflejo de desigualdad estructural. La prensa internacional, sin embargo, la lee como un problema de movilización de campaña, no como un problema de representación política.
El análisis económico que cierra la entrevista refuerza esta despolitización. El "enorme déficit fiscal" que deja Petro se presenta como un hecho técnico que genera "expectativa" en ciertos sectores y "entusiasmo" en los mercados. Flores nota que "los mercados estén marcando cierto entusiasmo en relación a esa posibilidad concreta de que De la Espriella sea quien gane el domingo". La prensa internacional, al reproducir esta observación sin interrogarla, acepta implícitamente que el entusiasmo de los mercados es un indicador válido de lo que Colombia necesita. No se pregunta qué significa que los mercados financieros prefieran a un candidato sobre otro, ni qué intereses están en juego cuando una elección presidencial se evalúa desde la perspectiva de la "rigidez fiscal".
Lo que la cobertura de Infobae América omite es casi tan importante como lo que dice. No hay análisis de qué proponen concretamente De la Espriella o Cepeda más allá de la polaridad ideológica. No hay examen de cómo la "herencia del petrismo"—ese déficit fiscal, esas políticas de "paz total"—fue recibida por los colombianos que votarán el domingo. No hay voz de los sectores que supuestamente necesitan ser "estimulados" para participar. La polarización aparece como un hecho consumado, casi inevitable, cuando en realidad es el resultado de decisiones políticas concretas sobre redistribución, seguridad, justicia transicional y participación.
El pronóstico de Flores—que De la Espriella ganará "sin transpirar demasiado" con una ventaja de ocho a diez puntos—cierra el análisis con una certeza que la prensa internacional parece haber adoptado como propia. Pero esa certeza descansa sobre un encuadre que ha naturalizado la polarización, despolitizado la desigualdad electoral, y convertido la preferencia de los mercados en un indicador de lo que Colombia necesita. La prensa extranjera hoy ve a Colombia como un país que ha evolucionado hacia una democracia bipartidista polarizada, cuando quizás lo que está viendo es un país donde la desigualdad se ha vuelto tan extrema que solo dos visiones antagónicas del futuro logran movilizar votos. Esa es una historia muy distinta, y mucho más incómoda de contar.