La prensa internacional ha optado hoy por una lectura que, en apariencia, es la más simple: Argentina existe en el mundo porque Messi existe en el mundo. France 24 Español dedica su cobertura principal a los dos goles del astro argentino contra Austria, a sus cinco anotaciones en el torneo actual, a sus dieciocho goles históricos en mundiales. El encuadre es el del deporte como narrativa nacional, el del jugador como emblema vivo de un país.
Pero hay algo revelador en que esta sea precisamente la noticia elegida para representar a Argentina en el día de hoy, en medio de un panorama geopolítico y económico que bulle en toda la región. Colombia atraviesa una crisis electoral con el preconteo que favorece a De la Espriella. La República Dominicana enfrenta un brote de ébola. España lidia con condenaciones por corrupción en el círculo de Sánchez. Y la cobertura internacional sobre Argentina se concentra en un gol, en una cifra de anotaciones, en la persistencia de un mito deportivo.
No es que la prensa extranjera ignore deliberadamente lo que sucede en Argentina más allá del fútbol. Es que, en este momento, ha decidido que lo que Argentina comunica al mundo es Messi. Y Messi, en el relato de France 24, no es solo un futbolista: es un "amuleto", una palabra que reduce la agencia política, económica, social de un país entero a la presencia talismánica de un hombre que patea una pelota.
Lo inquietante es que este encuadre no es falso. Messi ganó la Copa del Mundo en 2022. Messi sigue anotando goles. Messi existe. Pero cuando la prensa internacional elige mostrar a Argentina a través de Messi en un momento en que el país lidia con inflación, ajuste fiscal, tensiones políticas internas y una agenda internacional que Milei trata de redefinir, está haciendo algo más sutil que mentir: está eligiendo qué es Argentina para el mundo. Y hoy, según France 24, Argentina es un equipo de fútbol con un amuleto que funciona.
Hay una comodidad en esa lectura, tanto para el medio como para sus lectores. Messi es una historia que ya conocen, que ya saben cómo termina, que no requiere explicación de contexto político o económico. Messi es seguro. Argentina, sin Messi, sería más difícil de narrar desde afuera. Sería necesario hablar de Milei, de su proyecto, de sus contradicciones, de sus resultados. Sería necesario pensar.
El editorial anterior señalaba cómo la prensa internacional leía a Argentina a través de la instalación de Peter Thiel, como un espejo invertido del libertarianismo de Milei. Hoy, con Messi en la portada, la prensa internacional prefiere no mirar ese espejo. Prefiere la seguridad del mito deportivo, la claridad de un gol, la certeza de que Argentina, al menos en el campo, sigue siendo lo que fue. Que sigue teniendo un amuleto que funciona.
Lo que se omite en ese encuadre es precisamente lo que importa: si un país puede ser representado íntegramente por su pasado deportivo, es porque el presente no ofrece una narrativa que la prensa internacional sepa cómo contar, o no quiera contar. Y eso, silenciosamente, dice más sobre Argentina que cualquier cantidad de goles.