La prensa internacional ha reparado hoy en un aspecto que, aunque implícito en los movimientos previos, cobra ahora una visibilidad incómoda: el de la legitimidad delegada. Cuando France 24 reporta que Washington designó a Dinorah Figuera para encabezar las negociaciones con el gobierno interino, la pregunta que debería formularse no es ya sobre la intervención estadounidense, sino sobre qué ocurre cuando una potencia extranjera se convierte en la instancia que valida quién puede negociar en nombre de la oposición interna.
El detalle que el medio francés subraya merece atención sostenida: Figuera fue "designada por el Departamento de Estado". No fue elegida por una estructura opositora, no emergió de un consenso entre fuerzas políticas fragmentadas, no se impuso por su capacidad de convocatoria. Fue designada. La palabra tiene peso. Implica que alguien externo determinó que ella era la figura idónea para representar a sectores que, según la narrativa internacional, buscan reconstruir instituciones democráticas. Hay una paradoja casi perfecta en ello: la democracia siendo restaurada mediante decisiones tomadas en Washington.
Lo que France 24 documenta es el mecanismo en su forma más desnuda. No hay aquí sofisticación diplomática ni negación plausible. El comunicado del Departamento de Estado celebra el encuentro como "un primer paso" hacia una "sociedad venezolana libre y abierta", mientras que simultáneamente especifica cuáles serán las prioridades de las negociaciones: reconstrucción de instituciones, fortalecimiento del CNE, garantías para participación política. Son objetivos legítimos en abstracto, pero adquieren otra dimensión cuando el mismo actor que los enuncia es quien ha seleccionado a quien los negociará.
Figuera regresa del exilio bajo una amnistía impulsada por el gobierno de Delcy Rodríguez bajo presión estadounidense. Luego es recibida por el encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos. Después se reúne con Jorge Rodríguez, jefe de un parlamento controlado por el chavismo. Y en medio de todo esto, los comunicados de ambas partes opositoras y del Departamento de Estado usan un lenguaje casi idéntico para describir lo que acaba de ocurrir. France 24 nota esto sin dramatismo, como quien registra un hecho. Pero el hecho es que la sincronización es tan precisa que sugiere no un diálogo entre actores con intereses propios, sino una coreografía ejecutada según un guión redactado en otra parte.
Lo genuinamente nuevo en el encuadre de hoy no es la constatación de que Washington interviene. Es la aceptación de que esa intervención ha alcanzado un nivel de normalización tal que puede documentarse sin necesidad de denuncia. France 24 reporta los hechos con el tono de quien describe un procedimiento administrativo. Y quizá ese sea el cambio más significativo: la intervención extranjera en la política venezolana ha dejado de ser un escándalo para convertirse en un protocolo.