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🇨🇱 Chilejueves, 25 de junio de 2026

La prensa internacional vuelve a Chile hoy con la misma película de antes, pero esta vez el encuadre se ha vuelto tan transparente que casi roza la autorreferencia. The Guardian o quien sea que reseña documentales para la audiencia anglosajona descubre en el film de Alfredo Pourailly De La Plaza no solo una historia conmovedora sobre Toto Gesell y su hijo Jorge, sino algo que la crítica internacional parece necesitar cada vez más de Chile: una prueba de que existen lugares donde la vida aún transcurre en tiempos preindustriales, donde el trabajo manual persiste, donde los paisajes son espectaculares y donde los conflictos son personales, no políticos.

Lo notable hoy no es que la prensa extranjera celebre el documental, que parece merecerlo por sus propios méritos técnicos. Lo notable es la precisión casi quirúrgica con que la reseña internacional extrae de esa historia todo lo que permite narrar a Chile como un espacio de nostalgia visual. El crítico de The Guardian no solo describe lo que ve en pantalla, sino que reflexiona sobre cómo el cineasta "duplica su propia tarea de prospección visual" entre los campos de pasto y las cumbres nevadas de Tierra del Fuego. Es decir, la prensa internacional no solo consume la película; consume la idea de que Chile es un lugar donde todavía se puede hacer cine de este tipo, donde la cámara puede lingüir sobre manos arrugadas y diarios manuscritos sin que eso suene anacrónico, sino poético.

Hay aquí un acuerdo tácito entre el cineasta, el crítico internacional y la audiencia que se supone recibirá esta reseña. Todos ellos parecen estar de acuerdo en que Chile merece ser visto así: como un territorio donde la modernidad llega tarde, donde los oficios desaparecen con gracia, donde la familia se reúne alrededor de máquinas caseras construidas con amor filial. Es una narración hermosa. También es una narración que permite a la prensa extranjera seguir hablando de Chile sin hablar de Chile, sin tocar sus conflictividades presentes, sus crisis institucionales, sus tensiones políticas. Chile aparece nuevamente como un museo viviente, no como un país.

Lo que resulta curioso, casi irónico, es que la reseña internacional se percata de esto y lo celebra explícitamente. Dice que el documental "doubles as its own act of visual prospecting", como si la búsqueda de oro en Tierra del Fuego fuera metáfora transparente de lo que hace el cine mismo: extraer belleza de la precariedad, encontrar valor donde otros ven solo supervivencia. Es una observación inteligente. Pero también es una observación que cierra el círculo: la prensa internacional no solo ve a Chile a través de este cristal, sino que ve al cineasta chileno viendo a Chile a través de ese mismo cristal, y celebra la recursividad como si fuera profundidad.

Mientras tanto, el país real sigue siendo noticia en otros lugares, en otras secciones, en otros titulares que esta redacción no recibe hoy. Chile como documental existe. Chile como presente político, social, económico, sigue siendo algo que la prensa extranjera prefiere ver a través de la lente de un buscador de oro envejecido en Tierra del Fuego.

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