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🇧🇴 Boliviaviernes, 26 de junio de 2026

La prensa internacional ha hallado en Bolivia un nuevo protagonista: no el político, sino el artista. El País América dedica su cobertura de hoy al dibujante Alejandro Salazar, conocido como Al-Azar, presentándolo como una voz que interpela al poder a través de la caricatura política. Es un giro de perspectiva que merece atención, porque revela algo importante sobre cómo se está reencuadrando la crisis boliviana en la mirada extranjera.

Durante semanas, los titulares internacionales sobre Bolivia se concentraron en cifras de bloqueos, declaraciones presidenciales, respaldos diplomáticos y narrativas de estabilidad recuperada. El relato era vertical: gobierno versus movimientos de protesta, orden versus caos, legitimidad institucional versus amenaza. Ahora, cuando esa narrativa parece haberse agotado como fuente de titulares frescos, emerge un ángulo diferente: la resistencia cultural, la crítica desde el arte, la interpelación que no pasa por la confrontación callejera sino por la ironía visual.

Lo que es notable aquí no es que Al-Azar sea un personaje nuevo en Bolivia, sino que la prensa extranjera lo descubra precisamente cuando la cobertura política directa comienza a perder potencia informativa. El dibujante interpela al poder, dice El País. Pero la pregunta que subyace es: ¿a qué poder interpela, exactamente? ¿Al gobierno de Paz? ¿A los movimientos de Morales? ¿O simplemente a la clase política en general, de modo que la caricatura se convierte en una crítica universal que no compromete al periodista a tomar partido?

Este encuadre tiene una ventaja clara para la cobertura internacional: permite hablar de Bolivia sin hablar de Bolivia. Permite documentar la existencia de una voz crítica sin necesidad de evaluar la legitimidad de los reclamos que esa voz expresa. La caricatura política es un objeto cultural seguro, accesible, visualmente atractivo para un lector de El País. No requiere explicar las complejidades de la economía del gas, las fracturas internas del evismo, o las decisiones de política económica del gobierno actual.

Hay algo de alivio en este viraje narrativo, tanto para la prensa como para el lector internacional. Bolivia deja de ser un país en crisis política aguda y se convierte en un país con una escena artística que critica el poder. Es una versión más cómoda, más cultural, menos amenazante de la realidad política. El artista como símbolo de libertad de expresión es un personaje que la prensa occidental sabe cómo narrar. El dibujante que interpela es un protagonista que no obliga a tomar decisiones sobre quién tiene razón.

Lo que se pierde en este movimiento es la capacidad de seguir interrogando el presente político boliviano. Cuando la cobertura se desplaza hacia la cultura, hacia el arte como forma de resistencia, implícitamente está sugiriendo que la fase aguda de la crisis ha pasado, que ahora es posible mirar hacia los márgenes, hacia las voces alternativas, porque el centro ya no requiere vigilancia constante. Puede ser verdad. O puede ser simplemente que la prensa internacional, como cualquier medio, necesita renovar sus ángulos cuando los anteriores comienzan a repetirse.

Lo cierto es que Al-Azar sigue dibujando en La Paz, interpelando al poder como lo ha hecho siempre. Lo nuevo no es el artista. Lo nuevo es que ahora, cuando otros titulares escasean, la prensa extranjera lo ha encontrado digno de retrato.

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