La prensa internacional que cubre República Dominicana ha encontrado hoy en las cifras de crecimiento económico del Banco Central un argumento para desplazar el eje de la conversación: de las crisis y los conflictos hacia la solidez de los números. Infobae América publica que la economía dominicana creció 4.7 por ciento en mayo de 2026, acumulando un promedio de 4.2 por ciento en los primeros cinco meses del año, y en esa cifra construye un relato de expansión sostenida a pesar de un contexto internacional adverso.
Lo notable del encuadre no es la noticia en sí, que es legítima, sino el énfasis selectivo en ciertos sectores y la ausencia deliberada de otros. El medio subraya el liderazgo de la construcción, la minería y los servicios, con especial atención al turismo. Menciona que la construcción creció 7.1 por ciento impulsada por proyectos privados en segmentos comercial, residencial y turístico, y que el crédito destinado a este sector aumentó 23.7 por ciento interanual. En minería, destaca la extracción de oro y plata favorecida por precios internacionales. En servicios, resalta que los turistas no residentes que llegaron por vía aérea en mayo fueron 743,983, un incremento de 10.4 por ciento respecto al mismo mes del año anterior.
Lo que la narrativa internacional tiende a omitir o minimizar es la fragilidad de esta estructura de crecimiento. El sector manufacturero de zonas francas, que históricamente ha sido un motor de empleo y exportaciones, registró una variación negativa de 4.1 por ciento. La manufactura local, aunque positiva, apenas creció 2.9 por ciento. La agropecuaria, sector fundamental para la seguridad alimentaria y el empleo rural, creció solo 2.0 por ciento. El infobae, al presentar estos datos sin jerarquizarlos, permite que la lectura superficial se quede con la imagen de una economía robusta cuando, en realidad, el crecimiento descansa sobre tres pilares: inversión privada en construcción y turismo, extracción de minerales preciosos, y servicios financieros. Es decir, una economía que prospera donde hay capital extranjero y demanda internacional, pero que muestra debilidad en los sectores que generan empleo masivo para la población de menores ingresos.
La prensa internacional, al amplificar las cifras positivas sin profundizar en su composición, contribuye a un encuadre que es técnicamente correcto pero estratégicamente incompleto. Un crecimiento de 4.7 por ciento es, en efecto, respetable. Pero un crecimiento que depende tan fuertemente de la construcción especulativa, el turismo y la minería es también un crecimiento vulnerable a cambios en las preferencias de inversión global, a fluctuaciones en los precios de los metales, y a shocks en la demanda turística. Que la prensa extranjera celebre estos números sin examinar su base es, en cierto sentido, un acto de optimismo cómodo. Permite hablar de República Dominicana como un país que funciona, que crece, que atrae inversión. Y todo eso es verdad. Pero es una verdad parcial que deja en la sombra las preguntas más incómodas: cómo se distribuye ese crecimiento, cuántos empleos genera en sectores estables, qué ocurre con los salarios reales, qué presiones ejerce sobre los recursos naturales y el medio ambiente.
El encuadre internacional, en suma, es el de un país que ha aprendido a producir buenos números para el consumo mediático global. Y eso, por supuesto, no es falso. Pero tampoco es la historia completa.