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🇩🇴 República Dominicanalunes, 29 de junio de 2026

La prensa internacional que cubre República Dominicana ha vuelto a encontrar en las operaciones antidrogas un espacio para validar la capacidad institucional del Estado, pero hoy con un giro que merece observación: el énfasis no recae tanto en el volumen de las incautaciones como en la coordinación multiagencial y la documentación exhaustiva de los procedimientos. Infobea América, que es el medio que reporta estos operativos, construye un relato donde la DNCD, la Policía Nacional, el Ministerio Público, la Armada y la Fuerza Aérea aparecen funcionando en sincronía, cada una en su esfera, cada una dejando constancia de lo incautado mediante cadena de custodia y remisión al Instituto Nacional de Ciencias Forenses.

Este encuadre es particularmente revelador porque sitúa a República Dominicana en una posición que la prensa extranjera no siempre le otorga: la de un Estado que no solo reacciona ante el crimen organizado, sino que lo hace con procedimientos que sugieren institucionalidad. Las cifras de 2026, según el mismo medio, alcanzan 23,5 toneladas de drogas confiscadas, una métrica que en la narrativa internacional funciona como prueba de acción sostenida. No es un operativo aislado; es un patrón.

Sin embargo, hay algo que la cobertura de Infobae deja en la sombra, o al menos no enfatiza: la pregunta sobre por qué estas rutas existen, por qué el territorio dominicano sigue siendo un corredor de tránsito desde Sudamérica hacia Estados Unidos y Europa, por qué las narcolanchas encuentran ventanas para operar frente a Baní. La prensa internacional, al celebrar la eficacia operativa, tiende a aceptar la premisa de que el problema es fundamentalmente de seguridad y capacidad de respuesta, no de demanda, geografía geopolítica o dinámicas económicas más profundas que hacen atractivo el negocio.

Lo que sí es nuevo en el relato de hoy es el detalle sobre la intención de contaminar un contenedor de aeronave para enviar cocaína hacia Estados Unidos o Europa. Ese dato específico, que aparece en el operativo del aeropuerto, introduce una dimensión que la prensa extranjera pocas veces subraya con tanta precisión: el rol de República Dominicana no solo como territorio de tránsito, sino como punto de distribución sofisticado, donde el crimen organizado intenta usar la infraestructura aeroportuaria civil para sus operaciones. Es un detalle que humaniza, en cierto modo, la complejidad del problema, pero también refuerza la narrativa de que la respuesta correcta es más vigilancia, más coordinación, más cadenas de custodia.

Tres operativos en horas, once detenidos en el aeropuerto, dos en una lancha, uno en un vivero. La prensa extranjera lee esto como evidencia de que el Estado funciona. Quizá lo hace. Pero el relato que se construye alrededor de esas cifras sigue siendo fundamentalmente sobre reacción y control, no sobre las raíces del fenómeno que hace que República Dominicana siga siendo un territorio donde 421 plantas de marihuana pueden germinar en vasos de foam en La Cuaba, donde narcolanchas se animan a zarpar desde el sur, donde agentes pueden intentar contaminar contenedores en un aeropuerto internacional.

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