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🇻🇪 Venezuelamartes, 30 de junio de 2026

La prensa internacional ha encontrado hoy un patrón que trasciende el relato de la negligencia estatal: el de la inversión de roles en la catástrofe. Mientras que los gobiernos suelen ser retratados como incapaces o lentos ante desastres naturales, lo que emerge de la cobertura de hoy es algo más perturbador. No es solo que el Estado no esté presente. Es que su ausencia ha obligado a los ciudadanos a ocupar el lugar que le corresponde al Estado, y ese desplazamiento es lo que la prensa extranjera está documentando con creciente énfasis.

La BBC, en su reportaje desde La Guaira, subraya un hecho que podría parecer anecdótico pero que funciona como síntesis de todo lo demás: familias esperando junto a escombros, voluntarios cavando con las manos, vecinos que se organizan a sí mismos porque nadie más lo hace. Miguel Oscar Nunez, cuyo hijo está atrapado bajo los escombros, no pide únicamente que lo rescaten. Pide que las autoridades no lo maten con su negligencia. Es una acusación que va más allá del fracaso administrativo. Sugiere que hay un punto en el que la inacción se vuelve activa, donde la ausencia se convierte en presencia destructiva.

Lo que la prensa internacional está subrayando hoy, aunque quizá sin nombrarlo explícitamente, es una inversión de legitimidad. El Estado venezolano, en la narrativa que construyen estos reportajes, ha perdido el monopolio de la respuesta a la crisis. No porque otros lo hayan arrebatado, sino porque él mismo lo ha abandonado. Y en ese vacío, emerge algo que la cobertura internacional encuentra particularmente perturbador: la autoorganización de la sociedad civil como acto de supervivencia, no como acto político.

El Washington Post lo expresa en su titular con una economía de lenguaje reveladora: "With little help, Venezuelans try to rescue themselves: 'We have only each other'". No es una frase que celebre la solidaridad comunitaria. Es una que documenta la soledad estructural. Cuando la prensa extranjera dice que los venezolanos solo se tienen los unos a los otros, está diciendo implícitamente que no tienen al Estado. Y eso es lo que la diferencia de otros relatos de desastres naturales en la región.

Lo notable es que esta narrativa no requiere de interpretación política para funcionar. La BBC no necesita argumentar que el Gobierno es incompetente. Los hechos lo hacen por ella: el primer equipo de rescate oficial llegó casi dos días después del terremoto. Mientras tanto, Juan Avendo y su sobrino sacaban a una mujer viva de los escombros con las manos. Deilisbeth Herreira buscaba a sus hijas sin máquinas, sin rescatistas, sin nada más que su desesperación.

Pero hay un matiz que la prensa internacional aún no ha articulado completamente, y es el siguiente: esta inversión de roles no es accidental. No es simplemente que el Estado sea débil o esté mal preparado. Es que, en la narrativa que construyen estos reportajes, la ausencia del Estado parece casi sistemática. El edificio que colapsa es de propiedad estatal, pero eso no aseguró ni mejor construcción ni mejor respuesta. Los rescatistas llegaron tarde. Cuando llegaron, se concentraron en los sitios más visibles, dejando otras áreas sin atender. Las familias que esperaban junto a los escombros sintieron que habían sido abandonadas.

La prensa extranjera está documentando, en otras palabras, no solo una catástrofe natural, sino una catástrofe de gobernanza. Y la diferencia es crucial. Una catástrofe natural es un evento. Una catástrofe de gobernanza es una condición que se perpetúa a través de decisiones, omisiones, prioridades.

Lo que hace novedoso el encuadre de hoy es que la prensa internacional ya no está esperando que el Gobierno responda. Ha dejado de enmarcar la historia como un problema de capacidades estatales que podrían mejorarse. Ahora la está enmarcando como un problema de legitimidad: un Estado que ha perdido el derecho a ser visto como el actor responsable de la respuesta a la crisis, porque ha demostrado, en tiempo real, que no lo es.

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