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🇻🇪 Venezuelaviernes, 3 de julio de 2026

La prensa internacional ha encontrado hoy, en la supervivencia de Hernán Alberto Gil tras ocho días bajo 140 toneladas de escombros, un punto de quiebre en su narrativa sobre el desastre de Venezuela. No es el milagro lo que se subraya ahora, ni la excepcionalidad de encontrar vida donde debería haber solo muerte. Es algo más perturbador: la prolongación del tiempo.

France 24 marca con precisión el dato que redefine el encuadre. Ocho días no es un margen de supervivencia estadístico. Es una duración que obliga a replantearse qué significa estar atrapado en un país donde el rescate no llega en las primeras setenta y dos horas, sino que requiere casi una semana de operación internacional para extraer a un hombre de bajo los escombros. El tiempo transcurrido deja de ser un elemento del relato de fortuna y se convierte en un indicador de capacidad institucional.

Lo que la cobertura extranjera está documentando, aunque quizá sin nombrarlo directamente, es que en Venezuela los tiempos de respuesta ante una catástrofe operan bajo parámetros distintos a los del resto del mundo. No porque los terremotos sean más fuertes o los escombros más pesados, sino porque la infraestructura de emergencia, las cadenas de mando, los recursos disponibles funcionan en otra escala temporal. Una operación que en otros países toma horas aquí toma días. Y el hecho de que Gil haya sobrevivido esos ocho días no es una victoria sin matices: es la evidencia de que el sistema tardó ocho días en poder hacer lo que debería haber hecho en ocho horas.

La corresponsal Daniella Zambrano de France 24 no lo dice así, pero su reportaje lo transmite. El rescate es presentado como una operación internacional, no nacional. Eso importa. Cuando la prensa extranjera subraya que fue necesaria una coordinación internacional para sacar a un hombre de bajo los escombros de su propio país, está señalando una ausencia que ya no es posible disimular como negligencia temporal sino como déficit estructural.

Lo nuevo hoy no es que haya sobrevivientes milagrosos. Es que la mirada extranjera ha comenzado a medir Venezuela no por lo que logra rescatar, sino por cuánto tiempo tarda en hacerlo. Y esa métrica revela algo que ningún titular anterior había articulado con tanta claridad: que la capacidad de respuesta ante una catástrofe es, en sí misma, un indicador del estado de un país.

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