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🇪🇨 Ecuadorjueves, 9 de julio de 2026

La Fiscalía de Ecuador ha pedido seis años y seis meses de cárcel para Lenín Moreno, y ese anuncio, aparentemente rutinario en la sección de justicia de cualquier medio, revela algo que la prensa internacional casi nunca articula con claridad: la paradoja de un país que persigue a sus expresidentes mientras sigue siendo incapaz de resolver sus crisis estructurales.

El País América reporta la solicitud sin dramatismo, como corresponde a un hecho procesal. Pero ese tono neutro es precisamente lo que merece interrogarse. Durante años, la cobertura extranjera sobre Ecuador ha oscilado entre dos narrativas igualmente simplificadoras: la del caos carcelario y la de las victorias tácticas contra el narcotráfico. Ahora aparece una tercera: la de una justicia que funciona, al menos en apariencia, cuando se trata de enjuiciar a los poderosos caídos.

Moreno gobernó Ecuador entre 2017 y 2021. Su administración fue marcada por la represión, por acuerdos discutibles con el crimen organizado, por la erosión de instituciones que él mismo había prometido fortalecer. Que hoy enfrente acusaciones formales podría leerse como un signo de que el estado de derecho opera. Y sin embargo, la prensa internacional rara vez conecta ese punto con la pregunta más incómoda: ¿por qué un país que logra procesar a un expresidente sigue siendo incapaz de contener la violencia que ese mismo expresidente ayudó a crear?

El encuadre extranjero tiende a compartimentalizar. Aquí va la noticia de justicia, allá van los reportes sobre masacres carcelarias, más allá los anuncios de capturas de narcotraficantes. Cada pieza se presenta como evidencia de que algo funciona. Juntas, sin embargo, cuentan una historia diferente: la de un país donde los mecanismos institucionales avanzan a un ritmo completamente desconectado de la realidad que supuestamente deben resolver.

No es claro aún cuáles son las acusaciones específicas contra Moreno, ni si la Fiscalía tiene un caso sólido. Pero lo que importa notar es que la cobertura internacional, al reportar esto como un hecho aislado, omite el contexto que lo hace realmente significativo: que Ecuador necesita desesperadamente que sus instituciones funcionen, no solo para castigar expresidentes, sino para recuperar algún grado de control sobre su propio territorio. Mientras eso no ocurra, cada sentencia será un triunfo administrativo en un país que sigue perdiendo la guerra que realmente importa.

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