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🇩🇴 República Dominicanajueves, 9 de julio de 2026

La prensa internacional que cubre República Dominicana ha elegido hoy un encuadre que revela, quizá sin proponérselo, una tensión fundamental en cómo occidente observa a los países de la región: la coexistencia de narrativas de progreso técnico y narrativas de fragilidad institucional, presentadas como fenómenos independientes cuando en realidad compiten por la legitimidad del mismo Estado.

Infobae América publica con prominencia la adquisición de dos equipos GeneXpert para fortalecer el diagnóstico de tuberculosis. Los números son precisos: 3.3 millones de pesos de inversión, 36 dispositivos en la red pública, 31,047 pruebas moleculares realizadas en 2025, una tasa de mortalidad de 0.6 por cada 100,000 habitantes. El ministro de Salud habla de acceso universal, el director del SNS de oportunidades para detectar la enfermedad de manera temprana. El tono es el de un comunicado oficial bien estructurado, con cifras que respaldan un argumento de avance institucional.

Pero el mismo día, en las mismas páginas del mismo medio, aparecen otros titulares: un cabo acusado de matar a un joven de 19 años, un empresario condenado por robo de energía. No son historias aisladas ni excepcionales en la cobertura de América Latina. Son, sin embargo, ilustrativas de una paradoja que la prensa internacional rara vez examina en profundidad: la capacidad de un Estado para adquirir tecnología de diagnóstico de alta gama coexiste con la aparente incapacidad de sus instituciones de seguridad para ejercer control sobre sus propios uniformados.

Lo que Infobae hace, sin necesidad de explicitarlo, es compartimentalizar. La tuberculosis entra en la sección de salud pública, donde el Estado aparece como modernizador. El crimen policial entra en la sección de justicia, donde el Estado aparece como reactivo. Ambas historias son verdaderas. Ambas merecen cobertura. Pero la arquitectura de cómo se presentan —separadas, sin conexión narrativa, sin que una ilumine la otra— permite al lector internacional construir una imagen del país que es simultáneamente progresista en lo técnico y frágil en lo institucional, sin que esa contradicción genere incómoda reflexión.

El detalle más revelador está en las declaraciones de los funcionarios dominicanos. El viceministro de Salud Colectiva subraya que la tuberculosis sigue siendo uno de los desafíos de salud pública más importantes a nivel mundial, especialmente por el incremento de casos resistentes a los medicamentos. Es una afirmación que, en boca de un funcionario, busca contextualizar el problema como global, no como síntoma de debilidad local. La prensa internacional la reproduce sin cuestionamiento. No pregunta cuál es la tasa de resistencia a medicamentos en República Dominicana en comparación con otros países de la región, ni si la inversión en diagnóstico molecular es proporcional a la inversión en tratamiento, ni cómo se articula esta política con sistemas de salud más amplios.

Lo que emerge es un encuadre donde la tecnología actúa como narrativa de legitimación. Cada nuevo equipo GeneXpert es presentado como evidencia de que el Estado funciona, de que la modernización es posible, de que hay un futuro donde ninguna persona tendrá que enfermar de tuberculosis. Es un argumento poderoso. Es también, inevitablemente, incompleto. No porque la tuberculosis no sea un problema real o porque la inversión en diagnóstico sea irrelevante, sino porque la prensa internacional ha elegido ver la salud pública dominicana a través de la lente de la adquisición tecnológica, no a través de la lente de los resultados epidemiológicos o de la equidad en el acceso.

Hay un patrón aquí que merece nombre: es la cobertura de la modernización sin la cobertura de la modernización desigual. República Dominicana recibe crédito internacional por tener 36 equipos GeneXpert en su red pública. Pero ¿cuántos de esos equipos están en zonas rurales? ¿Cuál es el tiempo promedio entre diagnóstico y inicio de tratamiento? ¿Cuál es la tasa de abandono del tratamiento? ¿Cómo se distribuye la tuberculosis entre los quintiles de ingreso? Estas preguntas no aparecen en el reportaje de Infobea porque la narrativa internacional ha optado por una versión más limpia: el Estado invierte en tecnología, por lo tanto el Estado está funcionando.

Entretanto, en la misma edición, un cabo mata a un joven de 19 años y recibe un año de prisión preventiva. No es un detalle menor. Es la otra cara de cómo funciona el Estado dominicano: con capacidad para comprar máquinas de diagnóstico, pero sin capacidad aparente para disciplinar a sus propias fuerzas de seguridad de manera que evite que maten civiles. O, más precisamente, con capacidad para castigar después del hecho, pero sin capacidad para prevenir que el hecho ocurra.

La prensa internacional no conecta estas dos historias porque operan en marcos conceptuales distintos. Una es una historia de progreso técnico. La otra es una historia de violencia institucional. Que ambas sean verdaderas simultáneamente, que ambas reflejen aspectos reales del funcionamiento estatal dominicano, es algo que requeriría un nivel de análisis más integrado del que la cobertura fragmentada permite.

Así, República Dominicana aparece hoy en la prensa internacional como un país donde el Estado está modernizando sus capacidades diagnósticas mientras, aparentemente sin conexión alguna, sus uniformados siguen matando civiles. No es un retrato falso. Es un retrato incompleto, porque omite la pregunta que debería unificar ambas historias: ¿qué tipo de Estado es aquel

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