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🇸🇻 El Salvadordomingo, 12 de julio de 2026

La prensa extranjera ha decidido hoy que El Salvador es un país de dos velocidades, y ambas son problemáticas, aunque por razones opuestas. Mientras Infobae América puebla su cobertura con noticias de producción agrícola, academias de fútbol y eventos deportivos —el tipo de historias que normalizan un país—, El País América publica un análisis que desmorona esa normalidad de un solo golpe narrativo: el ascenso de una nueva clase oligarca bajo el mandato de quien prometió acabar con las oligarquías.

El contraste no es accidental. Es la marca de cómo la prensa internacional está viendo a El Salvador en este momento: como un lugar donde coexisten dos relatos irreconciliables. Por un lado, la historia oficial de institucionalidad, seguridad y progreso. Por otro, la historia subterránea de enriquecimiento vertiginoso de un círculo de poder que ha transformado la cercanía al presidente en un instrumento de acumulación de capital.

El reportaje de El País es particularmente revelador en su elección de punto de partida. No comienza con cifras macroeconómicas ni con declaraciones de funcionarios. Comienza con Ernesto Sanabria, secretario de Prensa, cuyo patrimonio pasó de 269.884 dólares en 2019 a más de dos millones en 2026. La cifra es el anzuelo perfecto: es verificable, es dramática, y es imposible de explicar mediante el salario de un funcionario público. El medio europeo está diciendo, sin necesidad de gritar, que en El Salvador ha ocurrido algo que se parece mucho a lo que siempre ha ocurrido en América Latina, solo que con un disfraz nuevo.

Lo que merece atención en el encuadre extranjero es la ironía silenciosa que lo recorre. Bukele llegó al poder como un "mesías antipolítica que prometía dignificar a los pobres". Esa frase no es neutral. Es una descripción que subraya la distancia entre la promesa y la realidad. Y esa realidad, según la prensa internacional, es la de un nuevo club de millonarios que ha prosperado "bajo el paraguas" del mandatario. La metáfora del paraguas es elegante: sugiere protección, sombra, un espacio donde ocurren cosas fuera de la vista.

Lo que no dice el reportaje, pero está implícito en su estructura, es una pregunta incómoda: si esto está sucediendo con los colaboradores cercanos, ¿qué está sucediendo en los márgenes? Si la bonanza ha "caído como maná" en el círculo de leales, ¿cuál es el costo para el resto del país? La prensa extranjera no responde esas preguntas. Solo las deja flotando.

Mientras tanto, los titulares de Infobea —el hospital humanitario, la producción agrícola, la academia de fútbol— funcionan como un contrapeso narrativo. No son falsos. Pero su presencia constante en la cobertura internacional cumple una función: normalizan un país que, según el análisis más profundo que aparece en la misma jornada, está siendo reconfigurado por mecanismos de enriquecimiento que no son nuevos en la región, solo más visibles porque ocurren bajo un liderazgo que prometió ser diferente.

El encuadre extranjero, en suma, está capturando una paradoja que El Salvador no puede resolver fácilmente: la de un gobierno que funciona institucionalmente y que, al mismo tiempo, está reproduciendo las dinámicas de concentración de poder y riqueza que caracterizaron a los gobiernos anteriores. No es una crítica a la seguridad. No es un ataque a la estabilidad. Es algo más incómodo: es la constatación de que el cambio de forma no ha alterado el fondo. Y esa constatación es lo que la prensa internacional está subrayando hoy, aunque lo haga con la frialdad de quien reporta cifras verificables en lugar de hacer afirmaciones políticas.

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