La prensa extranjera regresa a México esta semana con una acusación que, en su formulación, parece cerrar una puerta que la diplomacia aún pretendía mantener entreabierta. Terrance Cole, director de la DEA, ha declarado que los carteles y el Gobierno mexicano son "inseparables", una afirmación que trasciende el territorio habitual de las críticas sobre debilidad institucional o corrupción localizada. Lo que El País América subraya es una fusión, no un conflicto: la idea de que la estructura del poder en México y la estructura del crimen organizado operan como un único sistema.
La magnitud de esta declaración radica menos en su novedad —las sospechas sobre vínculos entre autoridades y narcotráfico son antiguas— que en su enunciación oficial desde Washington en el contexto de una cumbre presidencial sobre fentanilo. Cole no habla de funcionarios corruptos o de infiltración puntual. Habla de una "conexión peligrosa", de inseparabilidad. Es una narrativa que disuelve la posibilidad de reforma desde adentro, que convierte a México no en un país que lucha contra el crimen, sino en un país que es el crimen.
El encuadre internacional aquí es particularmente notable porque aparece en un momento de tensiones abiertas: nueve autoridades de Sinaloa, incluido el gobernador con licencia, enfrentan acusaciones de narcotráfico; el fantasma del Mayo Zambada sigue flotando sobre las relaciones bilaterales; Trump ocupa nuevamente la presidencia estadounidense. La cobertura de El País no inventa estos hechos, pero sí los organiza bajo una lógica de inevitabilidad. No es que México tenga un problema de corrupción que combatir. Es que México, en su relación con el poder, es el problema.
Lo que queda fuera del encuadre es igualmente revelador. No hay espacio para matices sobre la complejidad de gobernar en un país donde los carteles tienen capacidad de fuego comparable a la de fuerzas de seguridad estatales. No hay reflexión sobre cómo una guerra contra las drogas de cincuenta años ha transformado a ambas naciones. No hay pregunta incómoda sobre responsabilidad compartida en la demanda estadounidense de drogas o en la provisión de armas que financian esa inseparabilidad que Cole denuncia. La narrativa es unidireccional: México es corrupto, México es el cartel, México es el problema.
Esto no significa que las acusaciones carezcan de fundamento. Significa que la prensa extranjera, al amplificar estas declaraciones en este momento, contribuye a una construcción de realidad donde México deja de ser visto como un país con instituciones deficientes y pasa a ser visto como un Estado fallido que es, en esencia, una extensión del crimen organizado. Es una narrativa que cierra opciones, que predetermina soluciones, que justifica intervenciones.