La crisis del agua en Puerto Rico sigue siendo, en la cobertura internacional, un desastre técnico sin responsables políticos. The Guardian reporta hoy que después de semanas de escasez, miles de puertorriqueños han alcanzado un punto de quiebre, y el dato merece atención no por su novedad sino por lo que revela sobre cómo se narra la catástrofe desde afuera.
El medio británico documenta con precisión quirúrgica los costos materiales: restaurantes que gastan seiscientos dólares en un solo día para mantener abiertos los baños, cafeterías que llevan un conteo público de días sin agua confiable en sus ventanas, una mujer de setenta y cinco años que después de cuarenta y cuatro años en el mismo edificio afirma que esto es peor que el huracán María. Un empresario describe la situación con una frase que The Guardian titula: "Como si un huracán hubiera pasado". Es una comparación reveladora, porque un huracán es un evento, mientras que esto es un fracaso de gestión que lleva meses.
La ruptura de la tubería de setenta y dos pulgadas en junio aparece en el relato como el punto de quiebre, pero The Guardian apenas menciona que "el gobierno no ha señalado públicamente la causa de la gravedad del apagón". Es una frase que pasa rápido, casi de refilón, cuando debería ser el corazón de la historia. No es que no haya agua. Es que las autoridades no explican por qué una ruptura en una tubería ha generado un colapso de meses que supera en duración lo que dejó el huracán María.
Lo que falta en el reportaje es la pregunta incómoda: ¿por qué Puerto Rico, territorio estadounidense de 3.2 millones de personas, donde más del cuarenta por ciento vive bajo la línea de pobreza, tiene una infraestructura hídrica tan frágil que una ruptura puede paralizar ciudades enteras durante semanas? The Guardian menciona "años de mantenimiento inadecuado" como si fuera una frase hecha, un factor más en una lista de problemas técnicos. No lo contextualiza dentro de las décadas de negligencia federal, los ciclos de austeridad impuestos por las juntas de control fiscal, o las prioridades políticas que han permitido que la infraestructura básica se desmorone mientras se destinan recursos a otros lugares.
El reportaje sí captura algo importante: que el costo de la crisis recae desproporcionadamente sobre quienes menos pueden pagarlo. Los que tienen cisternas, como Marta Acevedo, al menos pueden planificar su día. Los que no tienen, deben viajar a estaciones de distribución o esperar entregas municipales. Pero The Guardian no explora la ironía de que en un territorio estadounidense, los residentes estén comprando agua embotellada a precio de mercado mientras sus impuestos financian un sistema que no funciona.
Lo que emerge es un patrón conocido: la prensa internacional documenta con exactitud el sufrimiento presente pero evita nombrar las estructuras que lo producen. Es más fácil reportear una ruptura de tubería como un accidente técnico que como síntoma de un abandono político sistemático. Es más seguro citar a empresarios frustrados que preguntar por qué Puerto Rico, después de más de un siglo bajo soberanía estadounidense, sigue teniendo servicios básicos que colapsan como en un país sin recursos.
El titular de The Guardian dice que los puertorriqueños están "al borde del colapso". Lo que no dice es que el colapso ya ocurrió hace tiempo. Lo que estamos viendo ahora es simplemente el momento en que dejó de ser invisible.