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🇨🇷 Costa Ricadomingo, 19 de julio de 2026

La prensa internacional que hoy se detiene en Costa Rica lo hace desde un ángulo que revela una apuesta deliberada por inscribirse en las reglas emergentes de un comercio que aún se está escribiendo. Infobae América cubre la presentación oficial de la adhesión costarricense al Acuerdo de Asociación de Economía Digital, y el encuadre que propone es el de un país que, lejos de ser un espectador de la transformación digital global, intenta posicionarse como participante en su arquitectura normativa.

Lo que merece atención no es simplemente que Costa Rica haya presentado su instrumento de adhesión al DEPA en Nueva Zelanda, sino cómo la cobertura internacional enmarca ese acto como una decisión estratégica de inserción. La ministra Trejos es citada diciendo que el acuerdo permite a Costa Rica "contribuir a escribir las reglas en materia de economía digital". Esa frase, que podría leerse como retórica oficial, es precisamente lo que la prensa extranjera subraya: la idea de que un país pequeño de América Central no está simplemente adhiriéndose a un tratado ya negociado, sino que está entrando en un espacio donde todavía hay márgenes para influir.

El relato internacional enfatiza datos que funcionan como justificación de esa apuesta. Los servicios representan el 46% de las exportaciones costarricenses, y casi la mitad de esas transacciones ocurren por plataformas digitales. Ese número no es nuevo, pero su mención en este contexto cumple una función narrativa precisa: convierte a Costa Rica en un país que ya está operando en la economía digital, de modo que su adhesión formal al DEPA no es un salto hacia lo desconocido, sino la legalización de una realidad que ya existe. Es decir, la cobertura internacional sugiere que Costa Rica no está importando un modelo, sino formalizando lo que ya hace.

Hay, sin embargo, un silencio notable en el encuadre. La prensa extranjera no cuestiona si las pequeñas y medianas empresas costarricenses, aquellas que supuestamente se beneficiarán con acceso a mercados internacionales y reducción de costos de transacción, están realmente en condiciones de aprovechar esos beneficios. Tampoco interroga si la "seguridad jurídica" que promete el acuerdo será efectiva en un país donde la institucionalidad ha mostrado grietas recientes. El relato internacional se detiene en lo que el DEPA promete hacer por Costa Rica, no en lo que Costa Rica necesitaría hacer para que esas promesas se conviertan en realidad.

Lo que sí captura la cobertura es el carácter evolutivo del acuerdo, su capacidad para actualizarse conforme cambien las regulaciones globales. Eso es importante porque sitúa a Costa Rica no en una posición defensiva de adaptación reactiva, sino en una de anticipación. El país no está simplemente cumpliendo con estándares internacionales establecidos; está entrando en un marco que se supone flexible y diseñado para cambiar. La prensa internacional ve en eso una ventaja: Costa Rica puede, teóricamente, influir en cómo ese cambio ocurra.

El apoyo de los sectores empresariales locales, que la cobertura reproduce fielmente, refuerza ese encuadre optimista. La Cámara de Comercio Exterior habla de transformación de procesos, digitalización de documentos, facturación electrónica. Son palabras que suenan a modernidad, a eficiencia, a futuro. Y la prensa internacional las retransmite sin filtro crítico, como si la adopción de estas herramientas fuera automáticamente equivalente a competitividad real.

Lo que queda en suspenso es una pregunta más incómoda: ¿qué pasa si Costa Rica entra en este acuerdo y descubre que las reglas que se están escribiendo en materia de economía digital, inteligencia artificial, flujos de datos y ciberseguridad, están siendo redactadas por potencias que ya tienen ventajas tecnológicas y de capital humano que Costa Rica no posee? El encuadre internacional, por ahora, no contempla esa posibilidad. Prefiere la narrativa del país que se atreve a participar, que apuesta por la apertura, que cree que la conectividad internacional es la solución a sus problemas de competitividad.

Eso no es necesariamente falso. Pero es incompleto. Y es precisamente en esa incompletitud donde reside el verdadero trabajo de la cobertura extranjera: no en mentir, sino en seleccionar qué parte de la realidad merece ser vista, y qué parte puede quedar en la sombra.

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