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🇵🇦 Panamádomingo, 19 de julio de 2026

La prensa internacional que hoy reporta sobre Panamá elige un encuadre que merece ser nombrado con claridad: la obsesión por la historia como explicación del presente. El País América publica un análisis titulado "Estrechando la cintura del tiempo: La historia compartida de Estados Unidos y Panamá", y en esa elección de tema hay algo revelador sobre cómo la mirada extranjera construye la identidad panameña.

El artículo, según lo que puede verse en sus imágenes y estructura, recorre la arquitectura estadounidense que persiste en el territorio, el arte callejero que evoca 1989, la presencia física de una historia que no termina de ser pasado. Hay en esto una narrativa comprensible: Panamá, para la prensa internacional, es un país cuyo presente no puede entenderse sin la intervención norteamericana, sin el Canal, sin la ocupación y sus cicatrices. Es una lectura que tiene fundamentos históricos innegables, pero que también congela a Panamá en una posición de país definido por lo que otros hicieron en su territorio.

Lo que El País América parece estar haciendo es una operación intelectual que, aunque erudita, tiende a subordinar la agencia panameña a una narrativa de dependencia histórica. Panamá aparece como el escenario donde se escribió una historia compartida, no como el actor que reescribe esa historia. Las ruinas arquitectónicas, el arte que recuerda 1989, se presentan como vestigios que hablan de un pasado que sigue vivo. Y es cierto que lo están, pero la pregunta que la prensa extranjera no parece hacer es qué está haciendo Panamá ahora con esos vestigios, cómo los reinterpreta, cómo los trasciende.

Mientras tanto, Infobae América mantiene su enfoque en lo inmediato: la búsqueda de evadidos de La Joyita. Es un titular que contrasta radicalmente con la reflexión histórica del medio español. Aquí no hay tiempo compartido, no hay arquitectura del pasado. Hay un presente urgente, un fracaso de seguridad penitenciaria que exige atención.

Lo que emerge de esta combinación de encuadres es una fractura en cómo el exterior ve a Panamá: por un lado, como un museo de la historia hemisférica; por otro, como un territorio donde las instituciones de seguridad fallan en el presente. Ambas miradas tienen verdad, pero ninguna de ellas parece capaz de ver a Panamá como un país que construye su futuro más allá de lo que Estados Unidos le hizo o de lo que sus cárceles no pueden contener. La prensa internacional sigue eligiendo entre la melancolía histórica y la crisis inmediata, sin detenerse en lo que podría ser más incómodo: que Panamá está intentando ser algo distinto, y que ese intento es más difícil de narrar que cualquier ruina arquitectónica.

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