La prensa internacional ha optado por una palabra que resume su lectura del Perú actual: turbulento. No es un adjetivo menor. France 24, en su cobertura de hoy sobre la entrega de credenciales a Keiko Fujimori, la elige deliberadamente para enmarcar no solo lo que acaba de ocurrir, sino lo que el país ha vivido para llegar hasta aquí. Y en esa elección hay un diagnóstico implícito que vale la pena examinar.
Cuando la prensa extranjera describe un proceso electoral como turbulento, no está simplemente diciendo que hubo conflicto o tensión. Está sugiriendo que las instituciones que debían ordenar ese proceso fueron insuficientes, que las reglas no fueron claras o no fueron respetadas de manera uniforme, que la legitimidad del resultado quedó en una zona gris. Turbulento es el término que usa quien ha visto pasar cosas que no debieron pasar, pero que pasaron de todas formas.
Lo interesante es que la cobertura internacional no está hoy enfatizando la turbulencia como un problema en curso, sino como un problema resuelto por la vía administrativa. La entrega de credenciales es presentada como un cierre, como el acto formal que convierte la incertidumbre en gobierno. Es decir, la prensa extranjera está diciendo que Perú ha pasado de la turbulencia a la normalidad institucional, aunque esa normalidad haya nacido de un proceso que ella misma calificó de turbulento.
Hay una cierta resignación en ese encuadre. No es optimismo, tampoco es alarma. Es la constatación de que los procedimientos funcionan, aunque sus fundamentos hayan sido cuestionables. Perú sigue adelante porque sus instituciones, aunque débiles o discutidas, tienen la capacidad de formalizar resultados. La pregunta que la prensa internacional no plantea explícitamente, pero que flota bajo su cobertura, es si eso es suficiente.