La prensa internacional que hoy reporta sobre Panamá ha decidido enfocar la mirada en una enfermedad que no es nueva, pero cuya persistencia revela algo que raramente se nombra con claridad: la geografía de la desigualdad como determinante de salud. Infobea América publica sobre 242 personas en tratamiento contra la leishmaniasis en Bocas del Toro, y en esa cifra hay un encuadre que merece ser examinado no por lo que dice, sino por lo que presupone sobre cómo se lee Panamá desde afuera.
El artículo es competente en lo epidemiológico. Documenta tasas de incidencia entre dos mil y tres mil casos anuales, señala que las comarcas indígenas registran incidencias cinco veces superiores al promedio nacional, identifica a Ngäbe-Buglé y Bocas del Toro como focos históricos. El material es preciso, incluso generoso en detalles sobre vectores, síntomas, tratamientos. Pero hay algo en la arquitectura de esta cobertura que revela el ángulo desde el cual la prensa extranjera observa a Panamá cuando toca temas de salud pública: como un país donde la enfermedad persiste no porque sea inevitable, sino porque ciertas poblaciones están estructuralmente más alejadas de la solución.
Lo interesante no es que se reporte sobre leishmaniasis. Es que se reporte de manera que subraya, casi con resignación, la distancia entre capacidad técnica y alcance real. El Ministerio de Salud existe, tiene un Programa Nacional de Control, distribuye medicamentos gratuitos, colabora con la OPS. Pero el artículo enfatiza, una y otra vez, que "el acceso continúa siendo un desafío", que hay "barreras geográficas y culturales", que el subregistro es probable porque hay zonas de difícil acceso. La leishmaniasis no es un problema de ignorancia sanitaria en Panamá. Es un problema de distancia: entre la capital y las comarcas, entre la vivienda moderna y la precaria, entre quien puede llegar a un centro de salud y quien no.
Aquí está el encuadre extranjero de hoy: Panamá como un país que conoce sus problemas, que tiene marcos institucionales para enfrentarlos, pero que no logra cerrar la brecha entre la intención y la realidad en las poblaciones más vulnerables. No es un reproche directo al Estado. Es algo más sutil: es la documentación de una incapacidad estructural presentada como un hecho geográfico y social casi natural.
Lo que la cobertura internacional no hace es preguntarse por qué esa brecha persiste, o si las prioridades de inversión pública en Panamá reflejan realmente el peso de estas enfermedades olvidadas. Tampoco cuestiona si la participación comunitaria que el Ministerio de Salud subraya como "esencial" es genuina o un eufemismo para delegar responsabilidad en poblaciones que ya cargan con el peso de la enfermedad. En cambio, la narrativa extranjera se conforma con registrar el problema, reconocer los esfuerzos, y dejar implícito que así es como funcionan las cosas en Panamá: hay un Estado, hay voluntad técnica, hay colaboración internacional, pero la geografía y la precariedad ganan.
Ese es el encuadre del día. No es falso. Pero es selectivo en lo que elige ver como inevitable y en lo que elige ver como responsabilidad política.