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🇸🇻 El Salvadorviernes, 24 de julio de 2026

La prensa extranjera que cubre El Salvador ha encontrado hoy un punto de equilibrio incómodo: celebrar números que son genuinamente positivos mientras mantiene una distancia prudente respecto a las preguntas que esos números no responden. El artículo de Infobea América sobre el respaldo del FMI es un caso de escuela de cómo funciona ese equilibrio.

El texto es en apariencia una noticia de validación. Dan Katz, subdirector del Fondo, reconoce "extraordinarios logros económicos" tras conversar con Bukele. El programa de 1,400 millones de dólares avanza a buen ritmo. Las cifras son robustas: crecimiento del PIB de 4.79% en el primer trimestre de 2026, inversión privada superior a 9,000 millones de dólares, turismo con alzas del 34%, remesas en aumento del 8.4%. El FMI proyecta un crecimiento del 3.3% para 2026, por encima del promedio histórico desde la dolarización en 2001. La construcción, el turismo y los servicios están en movimiento. Incluso el consumo de cemento creció 11.7%.

Pero hay un momento en el texto donde la narrativa se quiebra, casi sin que el lector lo note. Cuando el artículo menciona que "el 70.7% de la población considera que la economía representa el principal problema del país", está diciendo algo que contradice el tono general de la cobertura. No es una contradicción accidental. Es la brecha entre lo que miden los organismos internacionales y lo que sienten quienes viven en El Salvador.

La prensa extranjera ha optado por priorizar la primera métrica. Tiene razones para hacerlo: los números del FMI, del Banco Central de Reserva y del Banco Mundial son verificables, cuantificables, y provienen de instituciones con reputación internacional. Son, además, noticias que cierran ciclos narrativos. Un país que negocia con el FMI, que cumple sus compromisos, que atrae inversión, que crece por encima de promedios históricos, es una historia con estructura de redención económica. Es más fácil de contar que la perplejidad de una población que ve crecer la economía pero no siente que eso la beneficie.

Lo que la cobertura omite es más revelador que lo que incluye. No hay preguntas sobre distribución de esos beneficios. No hay análisis sobre por qué la inversión privada en construcción y minería no se traduce en empleo formal de calidad o en salarios que acompañen el crecimiento. No hay investigación sobre quiénes son los 9,000 millones de dólares en proyectos activos, ni cómo se relacionan esos capitales con las estructuras de poder político del país. El turismo crece 34%, pero no se pregunta quién captura esas ganancias ni cómo se redistribuyen.

El artículo también mantiene una cierta neutralidad respecto a los riesgos que el propio FMI menciona: la volatilidad global, el encarecimiento de materias primas, la inflación estimada al 4.4% para 2026. Se mencionan, pero no se desarrollan. No hay análisis sobre cómo una economía que depende de remesas, turismo y construcción puede absorber un shock externo si el conflicto en Oriente Medio se agudiza o si Estados Unidos reduce el flujo migratorio.

Hay también una elección editorial en cómo se presenta el acuerdo con el FMI. Se subraya que "el desempeño del programa ha sido sólido", pero no se explora qué condiciones el FMI ha impuesto o qué reformas estructurales se requieren. El programa es de "consolidación fiscal y refuerzo de reservas internacionales", pero esas palabras técnicas ocultan decisiones sobre gasto público, política tributaria y prioridades de inversión que afectan directamente a la población.

El dato que cierra el artículo es quizás el más honesto: desde la reelección de Bukele en junio de 2024, la preocupación por la economía ha desplazado a la violencia como tema prioritario entre los salvadoreños. Eso es una advertencia que la prensa extranjera lee pero no interpreta. Sugiere que la población ha dejado de creer que el problema fundamental es la seguridad y ha comenzado a ver que el problema es la capacidad del modelo económico para generar bienestar. La prensa internacional celebra que la economía crece mientras la población se pregunta para quién crece.

El encuadre extranjero, en suma, es el de una historia de éxito macroeconómico que coexiste incómodamente con una crisis de percepción social. La cobertura elige el lado que es más fácil de documentar y menos incómodo de reportar. Eso no la hace falsa, pero sí incompleta. Y una historia incompleta sobre cómo funciona realmente una economía es, en el fondo, una distorsión.

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