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🇵🇷 Puerto Ricoviernes, 24 de julio de 2026

La prensa internacional descubre hoy en Don Omar lo que Puerto Rico lleva treinta años sabiendo: que el reguetón no es un género musical sino una industria cultural que ha transformado el idioma español y la música popular mundial. El País América publica una entrevista con el pionero puertorriqueño en la que este reflexiona sobre cómo el fenómeno de Bad Bunny es heredero directo de tres décadas de experimentación urbana nacida en la isla. Es un encuadre que merece atención no por lo que dice sino por lo que revela sobre cómo la prensa extranjera ha tardado en reconocer el peso geopolítico de la cultura puertorriqueña.

El perfil de Don Omar que ofrece El País es exhaustivo en lo biográfico: el tránsito desde la calle y el narcotráfico hacia la música, los procesos judiciales por armas, las denuncias por violencia de género, el cáncer de riñón del que se recuperó. Es decir, la narrativa clásica del redemption story que la prensa internacional adora: el hombre que sobrevive a sus propias ruinas y regresa a los escenarios. Pero lo interesante ocurre cuando Don Omar articula su propia lectura del presente. No presenta a Bad Bunny como un genio aislado ni como un accidente de la industria musical, sino como la culminación lógica de un trabajo colectivo de treinta años. Es un acto de genealogía que la prensa internacional rara vez concede a los artistas del Sur Global: la capacidad de ser historiadores de su propio campo.

Lo que falta en el encuadre es más sutil. El País menciona que Don Omar prepara una gira europea, que lanzará un nuevo álbum, que sigue siendo una figura vigente a los cuarenta y ocho años. Pero no pregunta por qué la prensa internacional tardó tanto en reconocer que Puerto Rico no es solo productor de talento musical sino productor de paradigmas estéticos que han reconfigurado la música popular global. Bad Bunny no es una anomalía. Es el producto visible de una máquina cultural que ha estado funcionando desde hace décadas en la isla, generando códigos, sonoridades, formas de estar en el mundo que la industria discográfica norteamericana y europea eventualmente aprendió a empaquetar y vender como novedad.

El peligro de este tipo de cobertura es que celebra el éxito individual mientras mantiene intacta la estructura que hace que el reconocimiento internacional llegue siempre tarde y siempre filtrado a través de una sola figura. Don Omar no es una excepción que merece ser entrevistado porque Bad Bunny triunfó. Don Omar es parte de una ecosistema creativo que la prensa extranjera debería haber estado documentando hace años, no como folclore sino como historia contemporánea de poder cultural. El encuadre de El País, aunque respetuoso, sigue operando dentro de esa lógica: Puerto Rico como cantera, sus artistas como precedentes de algo más importante que sucede después, en otro lugar.

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