La prensa internacional que hoy reporta sobre Panamá ha decidido enfocar la mirada en una forma de vulnerabilidad que trasciende las fronteras nacionales: el reclutamiento de ciudadanos panameños para combatir en la guerra entre Rusia y Ucrania, bajo falsas promesas de empleo. Infobae América publica sobre estos casos, y en ese relato hay un encuadre que revela algo que raramente se articula con claridad desde afuera: Panamá no es visto aquí como víctima de un fenómeno aislado, sino como territorio permeable donde la pobreza y la falta de oportunidades actúan como vectores de reclutamiento para conflictos ajenos.
El artículo establece una trayectoria que comienza en las redes sociales, donde reclutadores operan con promesas de dinero, y termina en trincheras a miles de kilómetros. Según Infobae, hay panameños desaparecidos y muertos tras ser captados bajo estas mentiras. El exdirector del Servicio Nacional de Fronteras, Oriel Ortega, testimonia sobre casos específicos: un exmiembro de las Fuerzas Especiales desaparecido hace más de un año, otros dos que murieron en el frente tras trabajar primero en Emiratos Árabes Unidos. Las promesas iniciales, según el relato, alcanzaban los 60 mil dólares anuales. El Estado panameño, por su parte, ha emitido un comunicado de distancia: no mantiene relación alguna con estos ciudadanos, son decisiones individuales y voluntarias, la responsabilidad es de quienes suscriben los contratos.
Lo que la prensa extranjera está subrayando aquí, sin decirlo explícitamente, es una pregunta incómoda: qué hace que panameños acepten viajar a una guerra en el otro lado del mundo bajo falsas promesas. La respuesta no está en el comunicado del Ministerio de Seguridad Pública, que se apresura a deslindar responsabilidad estatal. Está en el contexto que Ortega menciona de pasada: que esta práctica de captación laboral hacia el exterior no es nueva, que ya ocurría en 2010 con ofertas de trabajo en Emiratos Árabes Unidos, Catar y Arabia Saudita. La geografía de la desesperación, podría decirse, es más antigua que la guerra de Ucrania.
Lo notable en el encuadre de la prensa internacional es que no culpabiliza a Panamá como Estado fallido, sino que la sitúa como territorio donde operan redes de reclutamiento que explotan una brecha económica real. Eso es más sofisticado que la narrativa de colapso institucional que suele dominar cuando se reporta sobre países latinoamericanos. Pero también es parcial. El comunicado oficial panameño insiste en que hay líneas telefónicas habilitadas, que la Cancillería da seguimiento, que se presentan denuncias ante el Ministerio Público. La prensa extranjera no cuestiona la efectividad de esas medidas. No pregunta cuántos casos se han investigado, cuántos reclutadores han sido detenidos, cuál es la tasa de recuperación de desaparecidos. Toma el comunicado como respuesta y avanza.
Lo que queda sin nombrar es la paradoja que sostiene el fenómeno: un Estado que declara no tener vínculo con sus ciudadanos que se van a la guerra, mientras esos ciudadanos se van precisamente porque dentro del Estado no encuentran las oportunidades que les prometen afuera. No es un problema de soberanía nacional mal defendida. Es un problema de mercados laborales globales que capturan a trabajadores panameños con mentiras, y sistemas de protección social que no los retienen. La prensa extranjera ve el síntoma, reporta el síntoma, pero deja intacta la estructura que lo produce.