La prensa internacional reacciona hoy a un retorno que, en la lógica de la cobertura extranjera, cierra un círculo incómodo en la historia política peruana. France 24 enmarca el regreso del fujimorismo como un acontecimiento de escala histórica, una reaparición de tres décadas que sugiere que Perú no ha logrado cerrar sus cuentas con su pasado autoritario. Hay en ese encuadre una cierta inevitabilidad melancólica: el país vuelve a donde estuvo, como si los años intermedios no hubieran producido ruptura sino solo pausa.
Lo notable es que la prensa extranjera, al reportar este fenómeno, tiende a leer el fujimorismo menos como una opción política contingente entre otras y más como la reaparición de un espectro. Eso implica, casi automáticamente, una narrativa de fracaso institucional. Si el fujimorismo vuelve, es porque las alternativas no funcionaron, porque la democracia peruana no consolidó suficientemente sus defensas, porque algo en la estructura política del país mantiene viva la tentación del autoritarismo.
Lo que la cobertura internacional parece omitir, o al menos no enfatiza, es la pregunta inversa: qué ha cambiado en Perú que permite que el fujimorismo regrese de otra manera, con otros actores, en un contexto distinto. El encuadre de tres décadas es potente pero también simplificador. Convierte a Perú en un país atrapado en su propia historia, incapaz de metabolizar sus propias crisis, condenado a la repetición. Esa es una verdad parcial, y la prensa extranjera la reporta como si fuera la única verdad disponible. Perú, en esta lectura, no elige el fujimorismo: lo sufre como recaída inevitable.