La prensa internacional ha detectado hoy en Perú un movimiento que podría parecer contradictorio pero que, en realidad, revela la lógica con la que el fujimorismo se reinserta en el poder: no como regresión pura sino como reconfiguración pragmática. El País América, al reportar los nombramientos ministeriales de Keiko Fujimori, subraya un detalle que trasciende la mera composición del gabinete. Los tres ministros clave designados —Galarreta, Cuba y Espá— comparten un perfil peculiar: fueron críticos o distantes del fujimorismo en algún momento, pero terminaron incorporándose a su órbita. La prensa extranjera lee en esto no tanto un gesto de apertura como una estrategia de legitimación por absorción.
Lo que emerge del encuadre internacional es la idea de que Keiko Fujimori está construyendo un fujimorismo de segunda generación, uno que se presenta menos como continuidad ideológica que como pragmatismo de gestión. El énfasis en el giro diplomático hacia Washington, presente en el titular principal, apunta a una dirección que la prensa extranjera interpreta como señal de reorientación geopolítica. No es un detalle menor: el fujimorismo de Alberto Fujimori fue, entre otras cosas, un proyecto de alineamiento con Estados Unidos durante la Guerra Fría tardía. Que su hija retome ese vector ahora sugiere, desde la perspectiva de la cobertura internacional, que el movimiento no se reinventa tanto como se recalibra.
Lo que permanece sin resolver en el encuadre extranjero es una pregunta más incómoda: si estos ministros de perfil moderado o crítico representan un distanciamiento respecto al legado autoritario del fujimorismo original, o si simplemente constituyen una operación cosmética de legitimación. France 24, al plantear la pregunta de si estamos ante un nuevo comienzo o un regreso al pasado, mantiene abierta esa ambigüedad. La prensa internacional parece reconocer que no tiene aún elementos suficientes para responder. Lo que sí ve es que Perú, una vez más, está experimentando una transición política que no es ni ruptura ni continuidad pura, sino algo más turbio: una reconfiguración de fuerzas que busca parecer distinta sin necesariamente serlo.