...las urgencias locales de Colombia. No es casualidad que los tres encuadres coincidan en el mismo día, ni que todos ellos reduzcan la realidad colombiana a un reflejo de las dinámicas de poder que se juegan en Washington. La lógica es clara: si el expresidente estadounidense sigue siendo el protagonista de la política hemisférica, entonces todo país latinoamericano debe ser leído como un apéndice de su agenda, ya sea como aliado, como víctima o como escenario de paso. Colombia, con su complejidad interna, su historia de conflicto, sus procesos de paz truncados y sus crisis institucionales, queda así reducida a un telón de fondo.
Este encuadre no es nuevo, pero se ha vuelto más agresivo en la era de la polarización global. La prensa extranjera tiende a simplificar cuando mira a la región, y esa simplificación suele pasar por la figura de Trump o de sus émulos ideológicos. Lo que se pierde en el camino es la sustancia: las disputas políticas colombianas, las decisiones de sus votantes, los dilemas de su gobierno y las aspiraciones de sus regiones quedan subordinadas a un relato externo que las utiliza como ilustración de otra cosa. La isla de habla inglesa deja de ser un territorio con pobladores concretos, con necesidades y reclamos propios, para convertirse en una metáfora del daño colateral. El presidente electo deja de ser un dirigente con una plataforma y un mandato para devenir un nombre en la órbita de Washington.
El problema no es que se hable de Trump. Trump existe, y su influencia sobre la política de América Latina es real. El problema es que el relato desaparezca a los colombianos como sujetos de su propia historia. Cuando la agencia nacional se borra, se insinúa que el país no tiene más opción que reaccionar a lo que se decide en otras capitales. Esa es una lectura empobrecedora, pero también es políticamente funcional: justifica la pasividad, exonera a los líderes locales y convierte cualquier debate interno en un eco de una disputa ajena.
Frente a eso, la tarea de los medios colombianos y de la sociedad en general es doble. Primero, exigir que se cuente la historia completa, con sus matices, con sus actores reales y con sus urgencias propias. Segundo, y más importante, construir una narrativa propia que no dependa del visto bueno ni del foco de la prensa internacional. Colombia tiene derecho a ser leída como un país con autonomía, con conflictos que le pertenecen y con soluciones que debe forjar en su propio terreno, no como un simple tablero donde otros mueven sus fichas. Mientras la mirada externa siga reduciéndolo a un escenario de la política hemisférica, el país deberá recordar que su historia, por más que otros intenten contarla en su lugar, sigue siendo escrita por quienes la viven a diario.