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🇪🇨 Ecuadorviernes, 31 de julio de 2026

La mirada extranjera sobre Ecuador vuelve hoy a instalarse en la primera línea, pero conviene reparar en qué significa exactamente ese lugar para quien lo visita y para quien lo habita. La BBC Latin America publica un extenso reportaje de Orla Guerin en el que acompaña a la policía ecuatoriana en una patrulla por el “corazón de la batalla de drogas”. Las credenciales del encuadre son impecables: una corresponsal veterana, el acceso al operativo, el sonido de la calle. El titular complementario refuerza la épica: “En la primera línea de la guerra de drogas en Ecuador, la policía lucha contra pandillas, armas y corrupción”. Es, en apariencia, el retrato de un Estado que se defiende.

El texto completo de la BBC aporta los datos que sostienen ese relato. Las drogas llegan desde Colombia y Perú, los dos mayores productores del mundo; las pandillas locales, conectadas con cárteles mexicanos y grupos de la mafia albanesa, se encargan de reexpedir la cocaína. El año pasado, según el ministerio del Interior, más de 9.200 personas fueron asesinadas, una de las tasas más altas del planeta. Son cifras graves, y la decisión de Orla Guerin de subirse a un patrullero para verlo de cerca es periodismo en su acepción más física. Pero el encuadre de “batalla” y de “primera línea” traza una frontera nítida entre quienes combaten y quienes son combatidos, y esa nitidez es precisamente lo que la realidad ecuatoriana desmiente.

El propio titular de la BBC menciona la corrupción entre los frentes contra los que lucha la policía. Es una palabra incómoda dentro de una narrativa de guerra, porque sugiere que la línea no separa únicamente a la institución del crimen, sino que en más de un punto la atraviesa. El reportaje la enuncia, pero el marco general tiende a tratarla como un enemigo exterior al cuerpo policial, un obstáculo táctico, cuando en países con economías de narcotráfico la corrupción suele ser el mecanismo mismo que permite que la droga fluya. La prensa extranjera que cubre estos operativos obtiene imágenes poderosas: agentes armados, allanamientos, decomisos. Lo que se le escapa con frecuencia es la pregunta menos espectacular y más estructural: cómo se corrompe a una institución cuando el dinero del crimen organizado equivale a varios presupuestos públicos.

Hay además una segunda omisión, más sutil. El reportaje de la BBC describe a Ecuador como escenario de una batalla, y en cierto sentido lo es. Pero Ecuador no produce la cocaína que transita por su territorio; la recibe de sus vecinos, mientras su población paga el costo de ser un territorio de paso. La narrativa de “guerra” traslada la responsabilidad exclusiva a las instituciones locales, como si el problema fuera ajeno a los flujos globales que lo alimentan. La prensa internacional suele olvidar que la demanda de drogas en Europa y Estados Unidos financia los cárteles, y que la ruta ecuatoriana es solo un eslabón en una cadena que comienza en los cultivos andinos y termina en los mercados callejeros de ciudades lejanas. En ese sentido, Ecuador aparece como un país asediado por fuerzas que, en gran medida, no ha creado ni controla.

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