La prensa internacional ha tardado más de un mes en encontrarle un nombre al sufrimiento que dejaron los terremotos del 24 de junio en Venezuela. El hallazgo se llama “trauma” y llega esta vez desde El País América con la historia de Guillermo Fuentes, un hombre que quedó atrapado bajo los escombros de su edificio en La Guaira y que ahora intenta “asimilar” lo vivido desde un refugio. El encuadre es nuevo y merece atención: no se habla de cifras de víctimas, ni de réplicas, ni de la reconstrucción, ni de la gestión de la emergencia. Se habla de la psique de un sobreviviente, de sus piernas rotas, de la fuerza que hizo para liberar el pie que una viga le aprisionaba. La catástrofe, así enmarcada, abandona el terreno de lo colectivo y se instala en el de la conciencia individual.
Hay algo genuinamente distinto en este movimiento. Las crónicas anteriores tendían a la ceremonia o a la estadística: Venezuela honraba a sus muertos, Venezuela enfrentaba la devastación. Hoy, la mirada extranjera se posa sobre un hombre que ora por primera vez en su vida y que, al salir del edificio, se queda tirado en la acera “como un muerto”. Es una imagen potente, cinematográfica, que apela a la emoción del lector lejano. Pero esa potencia narrativa esconde una elección: convertir a Fuentes en un caso clínico antes que en un ciudadano con derechos. El titular habla de “asimilar el trauma”, un verbo terapéutico, de proceso interno, que desplaza la pregunta por las condiciones externas en las que ese trauma debería ser tratado.
Porque la pregunta incómoda que el encuadre no formula es la siguiente: ¿en qué medida la narrativa del trauma individual sirve para desdibujar las responsabilidades políticas y sociales que agravaron el desastre? Cuando el lente se enfoca en la intimidad del dolor, se corre el riesgo de naturalizar el abandono, de aceptar que la reconstrucción no es una obligación estatal, sino un acto de resiliencia personal. Venezuela, así, deja de ser un país con instituciones fallidas para convertirse en un escenario de superación individual, donde la prensa extranjera prefiere retratar el heroísmo privado antes que cuestionar las causas estructurales de la tragedia.