La prensa internacional ofrece hoy sobre Honduras una crisis con números, pero sin coordenadas. Infobae América recoge la advertencia de Efraín Rodríguez, representante del sector Mipyme: unas 6.000 microempresas están en riesgo de cierre, aproximadamente 20.000 empleos podrían perderse solo durante julio y el daño al movimiento económico anual rondaría los 6.000 millones de lempiras. Son cifras redondas, alarmantes, perfectamente citables. El problema, según el artículo, afecta a los 298 municipios del país: un promedio de 20 microempresas por municipio, algunas ya en proceso de cierre definitivo y otras funcionando al límite. La magnitud está ahí, expuesta con claridad. Y sin embargo, el lector que termine la nota sabrá mucho sobre la fragilidad del sector y muy poco sobre Honduras.
El encuadre es el de la economía como disciplina de laboratorio. Se describen los factores que agravan la situación —el alto costo de la energía eléctrica, las dificultades para acceder a crédito—, se invoca a la CEPAL y al Banco Mundial para legitimar la importancia de las pequeñas empresas, se reproducen las palabras del dirigente gremial con la solemnidad de quien transcribe un parte técnico. El resultado es un texto impecable en su estructura y sorprendentemente aséptico en su contenido. No hay un solo nombre de municipio, no hay un solo testimonio de un emprendedor concreto, no hay mención a la identidad de quienes sostienen con su esfuerzo diario a esas pequeñas unidades productivas que, en silencio, mantienen viva la economía local. Se habla de Honduras en términos de PIB, de tasas de interés, de índices macroeconómicos, pero se omite el rostro humano que late tras esas cifras, el sudor y la resiliencia de quienes, en mercados improvisados o talleres familiares, intentan sobrevivir a un modelo que parece diseñado para ahogarlos.
Lo que queda fuera del relato es, precisamente, lo que define a Honduras: su gente. Porque reducir la crisis a un problema de números es ignorar que detrás de cada lempira perdida hay una familia que dejará de comer, un niño que abandonará la escuela y un joven que migrará en busca de un futuro que, en casa, ya no existe. La prensa extranjera, en su afán por objetividad, termina por deshumanizar una realidad que clama por ser contada con nombres, con historias y con la urgencia de quienes la padecen. Así, Honduras no es un país de emprendedores anónimos, sino un laboratorio de cifras donde la dignidad se mide en dólares y el sufrimiento se cuantifica en empleos perdidos.