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🇻🇪 Venezuelamartes, 4 de agosto de 2026

La prensa extranjera ha encontrado hoy una manera peculiar de mirar a Venezuela: de reojo, entre la tragedia y los negocios. La noticia más visible es la del primer vuelo de deportados desde Estados Unidos a Venezuela después de los terremotos del 24 de junio. Hay algo de ceremonia en ese anuncio, como si el restablecimiento de un trámite migratorio ordinario tuviera el peso de un gesto diplomático. Y lo tiene, en efecto. Pero conviene notar el matiz: la mirada extranjera subraya la reanudación del mecanismo, no el destino de los hombres y mujeres que viajan en ese vuelo. El encuadre es de canales abiertos entre Washington y Caracas, no de vidas que regresan a un país devastado.

Ese ángulo se refuerza con el segundo titular: expertos estadounidenses inspeccionan la principal hidroeléctrica de Venezuela para definir su modernización. La imagen es sugerente: mientras los muertos se cuentan, los técnicos de otro país recorren las instalaciones eléctricas con sus listas de verificación. La prensa internacional no lo dice en estos términos, pero el mensaje que emana de la secuencia es claro. Venezuela es, simultáneamente, un país en emergencia humanitaria y un mercado de reparaciones. La catástrofe y la ingeniería conviven en la misma página sin que ningún titular se detenga a preguntar cómo se gestiona esa contradicción.

Y en el centro, la cifra: 6.125 muertos, anunciada diez días después del último dato oficial. Esa demora es, quizá, el dato más revelador de la jornada. No porque la cifra en sí carezca de importancia —la tiene, y horrible—, sino porque la prensa internacional la registra como si la dilación fuera un detalle administrativo y no un síntoma. Diez días sin datos en un país que acaba de sufrir dos terremotos es una noticia dentro de la noticia. Sin embargo, el encuadre mayoritario se limita a constatar la actualización del número, como quien ajusta una cifra en un tablero. La atención está puesta en la modernización de la hidroeléctrica y en la reactivación de los vuelos de deportación, es decir, en la normalización de las relaciones técnicas con Estados Unidos. La muerte queda como telón de fondo.

Lo que omite esta mirada, o al menos no subraya, es la pregunta que debería organizar cualquier cobertura seria: ¿cómo se concilia el relato de la reconstrucción con la posibilidad de que las cifras sigan cambiando semanas después? La prensa extranjera ha optado por un hilo narrativo de pragmatismo: hay una agenda bilateral, hay un plan de modernización, hay un número de víctimas que se actualiza con retraso. Cada pieza por separado es cierta. Pero el conjunto dibuja una Venezuela de dos velocidades: la de los expertos que llegan con sus diagnósticos y la de los muertos que se cuentan tarde. El editorial de hoy no necesita más que constatar esa distancia. La ironía no está en los titulares, sino en el hueco que dejan entre ellos.

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