La prensa internacional ha dividido a Perú en dos historias que no se tocan. Por un lado, un accidente aéreo que mata a trece personas en las líneas de Nazca; por otro, una agresión sexual contra una cantante de cumbia que genera indignación nacional. Ambas noticias circulan simultáneamente en los cables de la cobertura extranjera, pero obedecen a lógicas narrativas completamente distintas.
El accidente del avión turístico sigue el patrón ya documentado: es una tragedia que ocurre en Perú pero cuya relevancia se mide por la nacionalidad de las víctimas. Los medios anglosajones y europeos la reportan como un incidente de turismo internacional, con el énfasis puesto en la ruta hacia Nazca, ese destino arqueológico que funciona como escenario exótico. Perú, una vez más, es el decorado donde sucede algo que importa porque importan quiénes mueren en él.
Pero hay algo nuevo en el panorama de hoy. El País América ha decidido cubrir una agresión sexual contra una artista peruana como un asunto que genera "ola de indignación" en el país. No es un accidente de turismo. No es una anécdota de seguridad. Es un hecho de violencia doméstica que toca fibras sociales internas, que moviliza a la población peruana desde adentro. La prensa extranjera, al menos en este caso, reconoce que existe una sociedad peruana con sus propias preocupaciones, sus propios límites de tolerancia, su propia capacidad de indignarse.
El contraste es instructivo. Cuando mueren turistas extranjeros en Perú, la noticia es sobre turismo y seguridad aérea. Cuando se agrede a una cantante peruana, la noticia es sobre Perú mismo. La cobertura internacional sigue siendo selectiva, sigue siendo externa, pero hoy al menos reconoce que hay un adentro que existe, que reacciona, que importa a los peruanos. Es un reconocimiento menor, casi accidental, pero es un reconocimiento al fin.