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🇧🇴 Boliviasábado, 8 de agosto de 2026

La prensa internacional no suele perder el tiempo con matices cuando se trata de Bolivia: prefiere el drama de la caída. Y hoy, Infobae América lo ofrece en dosis concentrada. El relato es impecable, casi clásico: un país que vivió su Edad de Oro gracias a un recurso —el gas— que ahora se agota, y cuyos líderes, en lugar de preparar el futuro, se enredaron en disputas políticas que ahuyentaron la inversión y la exploración. Los números son contundentes: de 6.011 millones de dólares en exportaciones de gas en 2014 a apenas 1.082 millones proyectados para 2025. La decadencia, así, se mide en ceros que se desvanecen.

Lo que el artículo omite con igual esmero es que la crisis no es solo técnica, sino también política. Cuando Infobae señala que la nacionalización de 2006 "incrementó la participación del Estado en la renta extraordinaria", no profundiza en cómo esa decisión, en manos de un gobierno que luego se volvió obsesivamente estatista, terminó ahogando al sector privado sin generar alternativas reales. Tampoco cuestiona por qué, tras más de una década de ingresos récord, Bolivia no logró diversificar su matriz productiva. La industrialización prometida por Luis Arce, entonces ministro y luego presidente, quedó en promesas incumplidas, y las empresas estatales que debían ser el motor de ese cambio hoy son un lastre fiscal.

El verdadero silencio, sin embargo, es el de la prensa extranjera al hablar de la dependencia estructural. Infobae menciona la finalización del contrato con Argentina y la declinación natural de los pozos, pero no indaga en por qué, tras años de bonanza, Bolivia no invirtió en exploración ni en tecnología para mantener su producción. Tampoco aborda cómo la inestabilidad política —desde las protestas contra Evo Morales hasta la crisis postelectoral de 2019— erosionó la confianza de los inversionistas, ni cómo la polarización social desvió recursos que podrían haberse destinado a infraestructura o educación. La crisis, en este relato, es un fenómeno casi natural, como si el agotamiento de un yacimiento fuera un desastre geológico y no, en parte, el resultado de decisiones humanas.

Lo más revelador, sin embargo, no está en lo que Infobae dice, sino en lo que da por sentado. Para la prensa extranjera, Bolivia es un país condenado a repetir su historia: un ciclo de riqueza efímera seguido de colapso, donde la abundancia del pasado se convierte en excusa para justificar la mediocridad del presente. No hay espacio para la autocrítica, ni siquiera para la duda. Si las exportaciones de gas se desplomaron, la culpa es de la geología o de los vecinos —Brasil y Argentina— que dejaron de comprar. Si el Estado no tiene dólares, es porque el mundo cambió, no porque el modelo de desarrollo fue miope. Si la inflación galopa, es un fenómeno global, no el resultado de años de gasto público descontrolado financiado con deuda.

Lo peor no es que la prensa internacional simplifique, sino que lo haga con una complacencia inquietante. Prefiere narrar la decadencia como si fuera un destino inevitable, en lugar de preguntarse por qué Bolivia, con recursos que otros países envidian, no logró escapar de la trampa de los commodities. El artículo termina con una esperanza tibia: la posibilidad de que el nuevo gobierno de Rodrigo Paz logre estabilizar las cuentas con créditos externos y diversificación. Pero incluso esa solución se plantea como un acto de fe, no como un plan concreto. La prensa extranjera, al fin, prefiere el espectáculo de la caída a la tediosa tarea de analizar cómo evitarla.

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