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🇨🇱 Chilesábado, 8 de agosto de 2026

La prensa internacional, cuando decide mirar a Chile más allá de los estereotipos de la catástrofe o el espectáculo deportivo, suele refugiarse en la paradoja como recurso narrativo. Así ocurre hoy con la reaparición de Pedro Lemebel en las librerías españolas, presentada como un fenómeno cultural que, en palabras de la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero, combina la ternura con la violencia simbólica de un rifle en la mano. El País América convierte a Lemebel en un "pájaro mitológico, extraordinario y de ala rota", una metáfora que, si bien captura la esencia transgresora del escritor chileno, también lo encapsula en una categoría exótica, ajena a las contradicciones políticas y sociales que lo inspiraron. La reedición de sus obras —*Loco afán*, *Tengo miedo torero* y *Adiós mariquita linda*— no se enmarca en un debate sobre la memoria histórica de Chile, ni siquiera en la vigencia de su crítica al neoliberalismo o al conservatismo de la transición democrática. En cambio, se reduce a un fenómeno literario, un oxímoron sentimental que seduce al lector europeo por su belleza y su crudeza, pero que omite el contexto en el que Lemebel operó: un país donde la pobreza, la homofobia y la represión dictatorial no eran meros decorados para la prosa, sino realidades que exigían respuestas urgentes.

Lo revelador no es la reedición en sí, sino el silenciamiento que la acompaña. El artículo no menciona, por ejemplo, que Lemebel fue un activista incómodo para la izquierda chilena, ni que su obra cuestionaba los pactos de silencio de la democracia posdictatorial. Tampoco se detiene en el hecho de que, décadas después de su muerte, Chile sigue siendo un país donde la desigualdad y la violencia de género persisten, temas que Lemebel abordó con una crudeza que hoy podría leerse como premonitoria. En su lugar, la prensa internacional prefiere reducirlo a un icono pop, un "influencer" avant la lettre cuya voz se transmite como un legado estético antes que político. La ternura y el rifle, la marginalidad y el bolero, se convierten en un cóctel que el lector extranjero puede consumir sin riesgo, sin que le exija posicionarse frente a las contradicciones de un país que, aún hoy, sigue luchando por definir su futuro.

Que Lemebel haya sido un oxímoron en vida —y que ahora lo siga siendo en la mirada ajena— dice más sobre los filtros de la prensa internacional que sobre el propio Chile. Cuando el periodismo extranjero elige enfocarse en la paradoja literaria en lugar de en la herencia política de un autor, no hace más que confirmar que, para muchos medios, América Latina —y Chile dentro de ella— sigue siendo un territorio donde lo exótico prima sobre lo estructural. La ternura y el rifle pueden vender libros en Madrid, pero no explican por qué, en Santiago, sigue habiendo quienes prefieren mirar hacia otro lado.

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