La prensa extranjera que hoy observa a Colombia parece haber adoptado un solo lente: el de la seguridad. No es casual que los cuatro titulares que llegan desde distintos rincones del mundo giren en torno a la mano dura, las cifras de criminalidad o los flujos de dinero ilícito. Es como si, de un día para otro, el país hubiera dejado de ser un laboratorio de experimentos políticos —con sus virtudes y sus fracasos— para convertirse en un territorio donde solo cuenta el número de reclusos trasladados a cárceles de máxima seguridad, los millones lavados en esquemas fraudulentos o los dólares que Washington promete inyectar para controlar el caos. La transición de Gustavo Petro a Andrés Camilo De la Espriella, que en otros momentos habría merecido análisis sobre continuidades, rupturas o incluso ironías históricas, aquí apenas asoma como un dato secundario, un contexto que se da por sentado antes de pasar a lo urgente: la seguridad, siempre la seguridad.
El primer gesto de este nuevo gobierno —el envío de 117 reos a prisiones de alta seguridad— es recibido como un síntoma de determinación, no como una política discutible en sus alcances. La prensa internacional, especialmente la latinoamericana, celebra el gesto sin preguntarse si esa medida responde a una estrategia de Estado o a una necesidad de marcar territorio ante una opinión pública cansada de la inseguridad. No hay aquí espacio para matices: el titular de El País América no indaga en los perfiles de esos reclusos ni en las condiciones carcelarias, sino que subraya el número, como si la efectividad de un gobierno se midiera en cabezas cortadas a la hidra criminal. Es la misma lógica que lleva a France 24 a preguntarse, con escepticismo casi pedagógico, por el propósito de un paquete de seguridad estadounidense: ¿es una ayuda sincera, un negocio geopolítico o un parche para un país que, en el imaginario foráneo, ya no da para más?
La otra cara de esta obsesión por el orden es el hallazgo, siempre oportuno, de nuevos frentes de corrupción. El caso del lavado de 50 millones de dólares vinculado a fraudes contra adultos mayores, revelado por el FBI y recogido por Infobae, encaja perfectamente en el relato de un país donde el crimen organizado no solo opera en las calles, sino en los entresijos de las instituciones. Aquí, la prensa extranjera no necesita inventar nada: el fraude, el lavado y la impunidad son temas recurrentes que, esta vez, llegan con cifras concretas y un actor externo —el FBI— que avala la historia. No importa que el caso sea atribuible a actores específicos o que su magnitud aún no esté del todo clara; lo relevante es que refuerza la idea de que Colombia es un territorio donde el dinero sucio circula con libertad, y donde cualquier promesa de cambio choca contra una realidad que parece diseñada para resistirlo.
Lo curioso es que, en medio de este clima de urgencia, el Consejo de Seguridad de Cali aparece como un gesto casi protocolario, un acto de gobierno que no trasciende más allá de ser noticia por ser noticia. No hay aquí un análisis sobre qué significa que el nuevo presidente elija una ciudad emblemática —y problemática— como escenario para su primera reunión de seguridad, ni se cuestiona si esa elección responde a una estrategia o a una necesidad de visibilidad. Simplemente, se consigna el hecho, como si la seguridad fuera un tema técnico y no político, como si Cali no fuera también un símbolo de las desigualdades que alimentan la violencia. La prensa internacional, en su prisa por narrar el día a día de un país en alerta máxima, olvida que detrás de cada cifra hay historias humanas, y que cada dólar lavado o cada reo trasladado tiene un rostro que nunca aparece en los titulares.
Así, Colombia se convierte hoy en un país que existe solo en función de sus crisis. No hay espacio para la esperanza, ni siquiera para la ironía: el nuevo gobierno no es una apuesta, sino un remedio; sus primeros actos no son decisiones políticas, sino respuestas a emergencias; y sus enemigos no son ideologías o proyectos de nación, sino delincuentes, narcotraficantes y ريتشos sucios. La mirada de afuera, tan acostumbrada a reducir a Latinoamérica a sus peores momentos, no se molesta en buscar ángulos distintos. Prefiere quedarse con el drama, con el número, con la advertencia. Y en ese ejercicio, el país real —con sus avances, sus contradicciones y sus gentes— se desvanece tras el humo de los titulares.