La prensa extranjera que hoy se detiene en Costa Rica no abre con una crisis institucional ni con un homicidio. Lo hace con el mar. Infobae América recoge la advertencia del Módulo de Información Oceanográfica de la Universidad de Costa Rica y traza un escenario de precisión escalofriante: el nivel del océano podría subir hasta treinta centímetros en las costas del país, con anomalías térmicas que ya rondan los tres grados por encima del promedio y que en abril llegaron a tocar los cuatro. El fenómeno de El Niño, con una probabilidad superior al cincuenta por ciento de volverse muy fuerte, deja de ser una abstracción climática para convertirse en una medida concreta de vulnerabilidad: la erosión avanza desde La Cruz hasta Punta Burica, el Caribe muestra afectaciones, y los científicos recuerdan que en 1997 y 1998 Quepos vio el agua subir entre treinta y sesenta centímetros. El relato, construido sobre declaraciones de Rodney Mora y Omar Lizano, tiene el mérito de la claridad y el rigor. Pero conviene observar qué hace la mirada extranjera con esa claridad.
El artículo de Infobae es, en esencia, una crónica de laboratorio. Hay cifras que se desgranan como en un parte meteorológico, pero también hay una narrativa implícita: Costa Rica no es solo un paraíso verde, sino un territorio bajo amenaza. La prensa internacional, incluso cuando se acerca con datos verificables, suele reducir al país a un escenario de riesgos ambientales, como si el resto de su complejidad social, política o cultural quedara en segundo plano. No se trata de negar la gravedad de los hechos, sino de advertir cómo el enfoque foráneo simplifica la realidad costarricense para ajustarla a un molde preestablecido: el de la víctima climática, el del laboratorio natural donde se miden los efectos del cambio global.
Este marco no es inocente. Al priorizar el desastre sobre el desarrollo, la prensa extranjera contribuye a una imagen de Costa Rica como un país frágil, dependiente de la caridad internacional o de soluciones externas, más que como un actor con agencia propia en la lucha contra la crisis climática. El país, que durante décadas fue ejemplo de estabilidad democrática y progreso social en la región, ahora aparece en los titulares extranjeros como un territorio en retroceso, donde la naturaleza se rebela contra un modelo de vida que, irónicamente, muchos admiran. La paradoja es evidente: mientras Costa Rica sigue siendo un referente en energías limpias y conservación, su narrativa mediática global se construye alrededor de sus heridas.
El riesgo no es solo que se exagere el peligro, sino que se normalice la idea de que el país está condenado a sufrir las consecuencias de un problema global del que, en buena medida, no es responsable. La prensa extranjera, al enmarcar a Costa Rica como un escenario de desastres anunciados, olvida que el país ha sido pionero en políticas ambientales y que su población, aunque vulnerable, no es pasiva. La mirada foránea, cuando no ignora por completo los esfuerzos locales, los reduce a anécdotas frente a la magnitud de la amenaza. Así, el discurso mediático internacional termina por convertir a Costa Rica en un símbolo más de la crisis climática, en lugar de reconocerla como lo que es: un laboratorio de resiliencia donde, pese a todo, se siguen tejiendo soluciones.