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🇵🇪 Perúlunes, 10 de agosto de 2026

La prensa internacional, cuando se asoma a Perú con la lupa del fujimorismo, parece incapaz de desprenderse de un guion que ya escribió hace décadas. El País América, en su edición de hoy, no hace otra cosa que repetir el mismo gesto: sitúa al Perú en una clave que le es ajena, como si el país fuera un decorado donde se proyectan fantasmas del pasado que, en realidad, poco tienen que ver con su presente. El museo de la memoria, ese espacio que alberga el dolor de una guerra interna que aún no termina de cerrarse, se llena de visitantes en un día cualquiera, pero la crónica lo convierte en un símbolo del retorno de una fuerza política que, para el medio, encarna la negación de todo lo que ese museo representa. No es un análisis, sino una coreografía: el fujimorismo como antagonista necesario, el museo como altar de una memoria que solo existe para ser profanada.

Lo curioso es que el texto no se molesta en explicar por qué ese museo, en concreto, se llena hoy más que ayer. No hay datos que respalden una oleada de visitas vinculada al contexto político; solo hay una escena —una señora que llora en silencio— convertida en metáfora de un país que, según el relato, se encamina hacia atrás. La abogada Julissa Mantilla, citada en el artículo, habla de derechos humanos, pero su voz queda ahogada por el titular: el fujimorismo, el poder, el regreso de lo peor. No importa que el museo sea un espacio permanente, ni que su afluencia pueda deberse a factores tan prosaicos como campañas escolares o visitas guiadas programadas. Para el medio, Perú es un país que solo cobra sentido cuando el fujimorismo acecha, como si fuera un monstruo de feria que se reactiva cada vez que la derecha peruana asoma la cabeza.

Lo que omite esta mirada es, precisamente, lo que hace que el Perú no sea un escenario pasivo. El fujimorismo no es un ente abstracto que regresa por capricho de los dioses mediáticos; es una fuerza política que ganó elecciones, que tiene apoyo en sectores significativos de la población, y que, como cualquier otra, se mueve en un tablero donde los votos, las alianzas y las estrategias importan más que los discursos foráneos sobre memoria y derechos humanos. El artículo no pregunta por qué esa visita guiada cuadruplicó su asistencia, ni indaga en qué otras razones —culturales, educativas, incluso turísticas— podrían explicar el lleno. En cambio, prefiere la comodidad de un relato binario: víctimas versus victimarios, memoria versus olvido, presente versus pasado. Es más fácil encajar a Perú en ese molde que intentar entender un país donde, como en tantos otros, la política es un juego de matices y donde las heridas de la historia no se abren ni se cierran por decreto.

La ironía, si cabe, es que el propio museo —el Lugar de la Memoria— fue concebido como un espacio de diálogo, no de confrontación. Pero cuando la prensa extranjera lo usa como telón de fondo para una narrativa que ya tiene escrita, lo convierte en otra cosa: en un escenario donde el Perú no existe por sí mismo, sino como reflejo de las obsesiones ajenas. No hay espacio para la complejidad en un relato que prefiere la lágrima fácil al análisis serio, la metáfora al dato. Y así, mientras el mundo sigue viendo a Perú como un país atrapado en su propia historia, el país sigue moviéndose, a veces hacia adelante, a veces hacia atrás, pero siempre en una dirección que los titulares extranjeros no se toman la molestia de seguir.

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