La prensa extranjera ha encontrado hoy una buena excusa para mirar a Colombia: la tierra se movió. No es una metáfora política ni un vaivén electoral; es un sismo real, de esos que obligan a la prensa internacional a recordar que el país existe más allá de sus crisis institucionales o sus experimentos ideológicos. Los cuatro titulares que llegan de France 24 y del New York Times coinciden en algo que no necesita ser dicho: cuando ocurre un desastre natural, el encuadre se simplifica hasta quedar reducido a coordenadas y a imágenes. Colombia, que ayer era un titular sobre la derecha que avanza o la seguridad que se impone, hoy es un punto en el mapa con temblores, derrumbes y un teleférico detenido.
La elección de los lugares no es casual ni meramente informativa. Quibdó, Cali, Pereira y Manizales no son Bogotá; son ciudades situadas en la franja andina y en el Pacífico, territorios donde la infraestructura convive con la precariedad desde hace décadas. Sin embargo, ninguno de los titulares menciona esa precariedad como contexto. El encuadre preferido es el del asombro: el sismo golpea a Colombia, y las zonas afectadas se enumeran como si se trazara un inventario de daños, sin preguntarse por qué el mismo suelo que tiembla en Suiza o en Chile produce, en Colombia, personas atrapadas en un Megacable. La excepción, si se quiere ver así, es el propio Megacable: un símbolo de modernidad que de pronto se convierte en trampa. Ese detalle es lo que los editores internacionales encuentran digno de titular, porque la imagen de dieciséis personas colgadas a media altura vende mucho mejor que la discusión sismológica o la evaluación de códigos de construcción.
Lo que la mirada extranjera omite, hoy, es tan elocuente como lo que subraya. No hay mención a la respuesta del Estado, ni a la capacidad de reacción de los servicios de emergencia, ni a la posible existencia de víctimas mortales, que los titulares no afirman. Tampoco se habla de la desigualdad territorial que explica por qué un sismo golpea de manera distinta a Quibdó y a Cali, ni de la memoria sísmica de un país atravesado por fallas geológicas. La prensa internacional se ha conformado con la superficie del acontecimiento —literalmente, la superficie que tiembla— y ha dejado de lado todo lo que esa superficie esconde bajo los escombros. Es una cobertura de primer impacto, comprensible en las horas inmediatas, pero ya se adivina el siguiente paso del guion: las imágenes que surgen de la Colombia golpeada, que el NYT anuncia como si fueran el botín de una exclusiva, se convertirán en la única prueba de que el país existe para el lector global.
Hay una ironía que conviene señalar sin levantar la voz. Durante semanas, Colombia fue noticia por su giro político, su mano dura o su inestabilidad; hoy lo es por un fenómeno que ningún gobierno eligió y contra el que ningún proyecto político puede vacunarse. En ese sentido, el sismo es un demócrata implacable: iguala a las elites de Pereira con los barrios periféricos de Quibdó, al menos en la lista de zonas afectadas. Pero esa igualdad es solo aparente, porque mientras unos tienen recursos para reconstruir, otros quedan condenados a vivir entre grietas que el tiempo y la indiferencia se encargarán de ensanchar.